• Edith Getzmi
    UNIVERSO DE LETRAS

    Brincando el abismo

    por Edith Getzmi


Le conocí en el andén, de hecho le vi poco después de haber preguntado a una mujer -que a guisa resultó demente, si sabía adónde iba ese tren. Estaba mirándome cuando volteé a verle tal parecía que quería algo de mí o se le antojaba robarme algo. Preferí abordarla con la misma pregunta a lo que contestó susurrando que ese era el tren con la dirección correcta, como si estuviese segura del destino. Pequeña, regordeta con el pelo teñido de rubio sobre su piel cobriza y una bufanda de color estridente que daba especial brillo a su cara, me arrojó a quemarropa la pregunta esperada: ¿Habla español? Por entrenamiento ni lo aseveré ni  lo negué solo me concreté a sonreír. A continuación subimos al tren le seguí presurosa para recoger la lección que me daría no sin antes pedirle permiso -cual si fuese un académico de alto rango, para sentarme a su lado. Afuera en el páramo helado soplaba el viento implacable que saluda a los oprimidos del destino y da vida a los encerrados en sus propias cárceles.

Hablaba a gritos –fingiendo sordera por vergüenza y un tanto por temor a ser públicamente discriminada, le pedí que se acercara a mí oído. Procedió a darme la lección, inmediatamente a bordo platicó de sus hijas, del honor de saberse mujer nativa pese a lo que se dice de ellos, me habló de sus comidas cual bastiones de valor e identidad. De pronto empezó a hablar de su hija menor recién graduada en una universidad americana y me desconcertó con las lágrimas que le llenaban la cara incluso le ahogaban para relatar el suceso gozoso de la graduación de su hija. Casi me confunde con el desconcierto de la dualidad ¿por qué llorar cuando se relata el suceso gozoso? ¿Es que solo se nos entrena para llorar? A juzgar por el devenir del relato de su vida era solo un preámbulo de protesta por todo lo reprimido, lo obligado, por las ofensas recibidas de los patrones e incluso de los niños. Me contó que trabajaba como nana pero que en realidad era una sirvienta completa de aquellas que hacen todo y reciben poco pago por estar en manos de empleadores abusivos. Me quedé con el simbolismo de sus doce dólares por hora, trate de explicarle que la ofensa es solo un regalo no deseado y susceptible de no aceptación, que ignore las menciones negativas a su identidad, a sus comidas o costumbres y religiosidad, que simplemente no las acepte; que el abuso es relativo, que solo existe porque uno lo permite, que el maltrato la ofensa cotidiana, la crítica destructiva comienzan con uno mismo que son cárceles privadas a las que el individuo se somete generación por generación cual herencia maldita, que se mama, que nos la han marcado -como a las reses- en el cuerpo en la mente y corazón, y que todo comienza amargamente a guisa de negarse a sí mismo la aceptación.

El recuerdo inminente de las mujeres de mi familia, de mí misma justo antes de ser yo, afloró de sus ojos desconcertados que como espejo me miraban atentos sin poder absorber el arcabuzazo de teoría que había arrojado a mansalva sobre la pobre mujer. Me sentí infeliz y cruel por haberle dado un manual de procedimientos cuando ella solo quería un hombro para llorar. Afuera corría el viento helado típico de invierno en Chicagoland; ella se apeó no sin antes decirme que eso era la vida y había que vivirla, yo solo le aseguré una llamada. Me temo que ella no recogió nada de mí, en cambio cuando ella bajó del tren mi soledad se agrandó en medio del silencio del frío, afuera -tras la ventanilla- vi cómo la oscuridad ganaba sobre la nieve clara acumulada mientras pensaba en las cárceles heredadas, aquellas internas de las que nadie nos saca porque las hemos cerrado por dentro en una especie de auto sabotaje, probablemente a fuerza del desamor, opresión y rechazo que de alguna manera nos instruyeron para desinstalarnos el divino panóptico interno como preámbulo perfecto para la autodestrucción…


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