• Pedro García Cueto
    En el laberinto del ser

    Monólogo en la Alhambra

    por Pedro García Cueto

MONÓLOGO EN LA ALHAMBRA: LA DELICADA MIRADA DE UN VIAJERO


Incluido en Mesa Revuelta, Gil-Albert nos dejó este bello texto en prosa titulado Monólogo en la Alhambra, escrito en 1953, aunque publicado por la Diputación Provincial de Valencia, con la colaboración de la Institución Alfonso el Magnánimo, en 1984.

Lo que resulta más interesante de este libro es la forma en que el escritor alicantino se queda hechizado por la belleza de un fantástico lugar, la Alhambra. Es, sin duda, este relato uno de los que mejor reflejan su estética, su gusto por lo bello, hasta el punto de transformar en lírica la prosa, rozando sin pudor el gusto por lo delicado, por la perfección de la palabra convertida en imagen.

En esa transparencia que nos deja la palabra del artista alicantino es donde quiero detenerme. Hay muchos fragmentos dignos de mención, pero hay algunos que sobresalen sobre los otros y ayudan a unir lo bello del lenguaje con el objetivo del contenido. Como podemos imaginar, no es otro que reivindicar la belleza, pero también la soledad para entender el arte.

Menciona, antes de adentrarse en la Alhambra, el paisaje de Granada, la trascendencia del agua como un eco que le lleva al pasado, a los momentos felices de su vida: “Deambulando lentamente comenzó a apoderarse de mí la unción del lugar; vagos aromas de los cultivados jardines me oprimían y, como una vena menos volátil, pero todavía más enternecedora, el rumor del agua que me acompañaba con una fidelidad extrañamente infantil…” (Juan Gil-Albert, 1984: 378).

El escritor se halla ante un tiempo que le sofoca, el verano, en un lugar que le oprime por su misterio. Así nos lo cuenta: “El calor, la estancia desconocida, el vaporoso halo nocturno, mi desazón física – estaba a dieta de pescado hervido y refrescos de limón- y las escenas venturosas que se agolpaban en mi recuerdo, inexpresablemente me enervaban” (Juan Gil-Albert, 1984: 379).

Sin duda, el escritor alicantino ha estado ya allí y la posibilidad de volver a ver un sitio tan fascinante le produce una desazón física y espiritual.

Cuando entra en la Alhambra, tras comprar los billetes en el palacio de Carlos V, las sensaciones se amontonan, desparece todo lo que uno sabe, para quedar prendidos del hechizo del lugar, de su aroma, de la herencia que deja: “Casi en el acto queda uno prendido en el hechizo del lugar y se vienen abajo, como por encanto, por “encantamiento”, todos nuestros prejuicios sobre lo morisco y sobre la gran herencia de cursilería que acarreó nuestro país” (Juan Gil-Albert, 1984: 379-380).

Se repite, para el escritor, el agua como algo que se hace tangible, corpóreo: “Si miramos hacia dentro, todo son arquerías quebradizas, bóvedas afiligranadas, patios donde la luz, el agua y los graciosos aleros oscuros crean, al margen de la arquitectura, una materialidad inefable” (Juan Gil-Albert, 1984: 380).

El escritor no deja atrás su amor por la pintura, todo lo que ve lo describe como si se tratase de un cuadro: “La ciudad entera, la vega, los montes, los caseríos, aparecen encuadrados, cada vez, y en conjunto desarrollados como un tapiz deslumbrador…” (Juan Gil-Albert, 1984: 380).

Todo lo que ve a su paso es paisaje, movimiento de fuentes que son surtidores inagotables, puertas que reflejan su arquitectura, flores muy hermosas. Pero no acaba aquí esta contemplación, ya que en un momento de su estancia ve a un ser humano, un joven extranjero que se sienta a su lado. La descripción del joven merece nuestra atención: “Noté enseguida que recordaba a Keats con su larga nariz entre noble e impertinente y la manera hueca como le quedaban los cabellos lacios que no delataban haber sido arados aquella mañana por peine alguno” (Juan Gil-Albert, 1984: 382).

Aparece entonces la timidez del escritor, su soledad como condición natural que le impide improvisar algún acercamiento al joven: “Me replegué, pues, en mi silencio, que hacía con el suyo una vibración uniforme” (Juan Gil-Albert, 1984: 383).

Gil-Albert se plantea la imposibilidad de volver a ver a ese joven, como tantas veces nos ocurre ante los desconocidos que nos atraen, pero que se van al no ser capaces de iniciar una mínima conversación.

El joven no responde y el escritor se levanta para marcharse, pero la casualidad propicia la tan añorada conversación. El hecho de un ticket olvidado en el banco se convierte en la fortuita circunstancia del encuentro, una conversación, por lo tanto, más natural que la que hubiese surgido antes. El joven llama al escritor para decirle que ha olvidado su ticket, Gil-Albert inicia entonces una conversación sobre arte con él.

Le habla del Palacete de Carlos V, de nuevo, Gil-Albert se convierte en el intelectual que pretende seducir a través de sus conocimientos, como lo fueron Richard en Valentín o Claudio en Tobeyo o del amor. El joven se convierte en espectador de la sabiduría del escritor alicantino. Gil-Albert le menciona la decadencia que supone la época de Felipe II como extinción de la herencia italiana en el arte español. Le habla con entusiasmo, lo que le lleva a relacionar la pintura con la época dorada de Carlos V que ya no ha de volver: “Cabía poblar con la imaginación la corte del César con tantos señores admirables trajeados de seda, oro y veludillo, como en los lienzos del Tiziano se nos estampan…” (Juan Gil-Albert, 1984: 386).

El joven extranjero resultó ser biólogo, estudiante en España de unos microorganismos. Tras la charla que mantiene el escritor con él, donde predomina el monólogo de Gil-Albert, siendo sólo patrimonio del joven las respuestas breves, éste se despide no muy convencido de lo que ha expuesto el escritor. Gil-Albert se da cuenta entonces que lo que uno expresa puede flaquear si el que escucha no asiente a sus opiniones: “La verdad es que no hay como exponer nuestras ideas, darles forma expresiva, como para que, en el acto, a la luz de nuestra responsabilidad o exigencia, comiencen a flaquear, a dolerse de inconsistencia o de duda” (Juan Gil-Albert, 1984: 388).

La identificación del escritor con el paisaje se vuelve absoluta al subir la cuesta del Generalife en la tarde. Podemos apreciar cómo el paisaje influye en el estado de ánimo de Gil-Albert, cómo la sustancia de las cosas penetra en la piel, convirtiendo a la naturaleza en un segundo cuerpo: “Yo soy –lo que me pasa, lo que tengo, mi fluente zona de felicidad- oscuro y henchido como el ciprés, murmurante como el agua, cobijo de intimidades como este solitario recodo de plantas trepadoras, y ávido de cada sabor como los pájaros que no se descuidan picando.” (Juan Gil-Albert, 1984: 390).

Vuelve de nuevo, tras aquel éxtasis contemplativo, como si de un místico se tratase, al contacto con lo humano. En esta ocasión, el relato no puede ser más singular, se trata de un hombre sentado al lado de una turista madura y obesa: “No, nada de amor; él era menudo, sesentón, cenceño, y se tocaba con un sombrero de ala ancha y ribeteada, de fieltro, ella, más que otoñal, opulenta, rojiza de tez, vestida de claro, y cargada con sus libros turísticos y folletos veraniegos que consultaba, obstinadamente, antes de hablar” (Juan Gil-Albert, 1984: 391).

Lo más divertido llega cuando el hombre que resultó ser un guardián del recinto, le invita a Gil-Albert a sentarse entre ellos, al lado de la señora obesa y de él mismo.

Los detalles inundan el relato y uno de los más significativos es la forma en que el guardián ofrece al escritor alicantino el asiento a su lado. Para el escritor, la manera en que lo hace demuestra la extrema educación de un hombre acostumbrado a servir: “Aquel pequeño gesto me supo a cosa delicada; la invitación me había sido hecha de un modo que yo llamaría prócer, con el estilo de un viejo sirviente lleno de naturalidad y amable compostura” (Juan Gil-Albert, 1984: 391-392).

Tras desaparecer del banco la mujer obesa, se produce el encuentro entre el guardián y el escritor. Ya no es el paisaje amado quien cobra protagonismo, sino el hombre que lo conoce muy bien y que relata a Gil-Albert la fascinación del mismo. Se produce entonces la sustitución de lo visual por el lenguaje que, con su máximo poder de cautivar, hace ver con las palabras, pinta con su capacidad de análisis.

El escritor alicantino lo expresa muy bien cuando, tras hablar el guardián del agua de Granada, pronuncia éste las palabras: “veneros del agua”. Se produce entonces ese contacto maravilloso entre lo que se nombra y lo que se ve, ese perfecto ajuste del lenguaje a la belleza de lo nombrado: “Qué pristinidad de la palabra, qué ajuste más inmediato entre el ser que se nombra y el vocablo que lo dice, qué escalofrío y hasta, si se me permite, qué impudor, qué desnudez viva; era como cuando descubrimos, por vez primera, el vientre de la persona amada” (Juan Gil-Albert, 1984: 393).

El poder del lenguaje tiene la capacidad de asombrar al escritor, como si fuese una revelación única, un momento singular, una experiencia de descubrimiento.

Fue tal el grado de ensoñación que el relato del guardián le había dejado, que el escritor se halla ya inmerso en la imaginación, en la poderosa aventura de las palabras:

“Y se alejó sin darme tiempo a que pudiera yo pensar en gratificación alguna; pero sí, viéndolo desaparecer por una escalerilla con un barandal de hierro, como a un geniecillo, gnomo o siempre viva del lugar…” (Juan Gil-Albert, 1984: 394).

El escritor consigue así que su Monólogo en la Alhambra sea el fruto de una ensoñación, desde su paseo solitario hasta su encuentro con el turista que no comparte su opinión sobre arte y, por fin, desterrado ya de lo real, hacia la cautivadora voz del guardián y su relato sobre el agua de Granada, otorgando al lenguaje toda su pureza, hasta el punto de sustituir a las bellas imágenes que fascinaron al poeta alicantino.

Termina el Monólogo en la Alhambra como si Gil-Albert fuese el viajero que mira más allá, y, en su hallazgo, transformara todo lo oído y contemplado en un acto único de belleza.


CONCLUSIÓN: MONÓLOGO EN LA ALHAMBRA

Este relato que el escritor alicantino nos dejó tiene, por encima de todo, una necesidad de mostrar la belleza de un fantástico lugar. Pero no sólo es importante el paisaje, también los seres que lo pueblan.

En la inmensa soledad del artista que vuelve a un lugar amado, cualquier detalle resulta revelador, por ello, la figura del joven extranjero tiene, al mencionar su parecido físico con Keats, un símbolo del arte y la literatura. Es curioso que el único que habla sea Gil-Albert, como si su personaje no existiese, fuese fruto de su imaginación.

Es importante señalar también que la figura del guardián es un claro símbolo de la importancia del lenguaje como esencia para crear belleza. Al relatar el guardián la importancia del agua en Granada, el escritor se aleja de la realidad y vive ya en un mundo de ficción, cuyo elemento primordial es el poder de las palabras, su capacidad de representar el mundo.

Por todo ello, considero que el Monólogo en la Alhambra es un texto muy importante para conocer el sentido estético en Gil-Albert. Todo lo que cuenta es transformado en belleza, su máximo objetivo es deslumbrarnos con la visión, real, pero también imaginada, del lugar amado.

El escritor no excluye su presencia, sino que se hace muy tangible a la hora de la charla con el joven extranjero, dando así prioridad a la cultura, pero a la vez, desconfiando de sus efectos, ya que el hecho mismo de la belleza, la sensibilidad que nos aporta, está por encima de cualquier otro tipo de conocimiento.

Hay, sin duda, amor por la cultura, por el arte, pero también fascinación por el lenguaje y por su poder evocador. Gil-Albert crea, por todo ello, un texto hermoso como pocos.

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