• Abel Guelmes Roblejo
    Del color de la luz

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    por Abel Guelmes Roblejo


A Liuda, por sus inolvidables historias.


El teléfono sonó insistente durante varios minutos antes que la chef despertara. La voz de Víctor se escuchó baja desde el otro lado de la línea al descolgar el auricular.

—¿Es la chef Liuda?
—Da. Sí, dígame. ¿Quién es?
—Buenas noches, le habla Víctor. Disculpe que la moleste a estas horas. Pero es cuestión de vida o muerte.

Liuda se asustó ante aquella afirmación. Más aún, si se tiene en cuenta que eran más de las diez de la noche y se había dormido solo minutos atrás. Era la hora habitual de hacerlo en su día de descanso. A la jornada siguiente, como desde varios años atrás, abriría la cocina de su restaurant a las cinco de la mañana y no regresaría a casa hasta su próximo día de descanso. Todos sus conocidos sabían ese dato, así que no la molestarían a no ser una emergencia. Así que al sonar el teléfono, pensó que algo malo le había sucedido a su esposo. Lo que nunca imaginó fue ese suceso en particular.

—¿Vida o muerte dice usted? —preguntó un tanto escéptica— ¿Es alguna clase de broma?
—Ojalá y lo fuera, señora. Pero creo… No: estoy seguro que mi vida corre peligro. Por eso necesito de su ayuda.
—¿Dónde está usted?
—Escondido en su casa…
—¡¿Dónde?! —gritó Liuda alterada ante la idea de sentirse vigilada o acosada por un intruso.
—No, señora, discúlpeme: en la de Irina, mi novia.

Fue lo que obtuvo por respuesta. Víctor se calló de repente. Liuda, ya totalmente despierta, se sentó en la cama, dispuesta a escuchar al hombre al otro lado de la línea, o bien para ayudarlo de verdad, o bien para cerciorarse que era una broma de mal gusto orquestada por su hija, a la que creía dormida hacía rato.

—Dígame entonces ¿cómo puedo serle de ayuda?

Se hizo un silencio en la conversación. Luego se escuchó, a duras penas, la voz de Víctor. Este hablaba casi en un susurro.

—Señora, no me malinterprete ni piense que lo que voy a preguntarle tiene un mal, o doble, sentido, pero necesito saber. ¿Usted escribió un libro de recetas de cocina rusa? Más bien: Caucásica… de la antigua Unión Soviética, ¿puede ser?
—Sí. Hace años, ¿por qué? Ese libro se agotó hace años, por si lo que quiere es una copia. No conozco a nadie que lo tenga en la actualidad, y mucho menos aquí que nadie habla ruso.
—No. No es por eso, señora. Yo tengo el libro. Aquí mismo en mis manos. Por eso fue que di con usted. Me imaginé que estaba agotado, pues por su portada de cuero y sus páginas de imitación de papel manufacturado, debió ser una edición de lujo. Muy limitada. Lo único que pude traducir, del poco ruso que di en mi niñez fue su nombre en la primera página, entre otras palabras sueltas sin mucho sentido para mí. Luego busqué sus contactos online. Fui rebotando del teléfono de su restaurante, al de su asistente, al de su esposo hasta llegar al suyo.
—¿Molestó a mi esposo en su viaje? —Liuda se escuchó bien enfadada.
—Lo siento, señora, es que estoy desesperado. Por favor, escúcheme.

Liuda acudió a sus conocimientos de Tai Chi y Yoga para serenarse lo suficiente, y acceder a la petición del extraño al teléfono. Ya se había despertado, así que no perdía nada con oírlo.

—Está bien, lo escucho —le dijo mientras se levantaba con el inalámbrico en una mano, dispuesta a prepararse un té, en la cocina, que la relajara, mientras hablaba con Víctor.
—Mejor comienzo por el inicio. Hace un par de meses comencé a salir con una mujer, más o menos de mi edad, que conocí en la calle. Rubia ella, con unos ojos verdes preciosos, y un cuerpo, no muy duro, por la falta de ejercicio, pero que aún detenía el tráfico. El primer piropo que le dije era que parecía una rusita. Ella se rio, con una risa un poco molesta, más que risa parecía un chirrido, y me dijo que si lo parecía, era debido a que lo era. No realmente, sino que era hija de rusos nacida en este país, ¿me sigue?
—Sí, pero no sé en qué…
—Ahora, espere… es que necesito decirle todo para que entienda bien.
—Ok, siga.
—Salimos, como le dije, por unos meses. Mientras más la conocía, menos me gustaba. Era vaga, mala en la cama, su risa me irritaba, sus intentos de sensualidad o de ser sexy eran penosos. Estuve varias veces pensando en dejarla, pero, no lo hacía porque no tenía nada en la mano, y como quiera que sea, ella estaba buena. No excepcional, pero se podía decir que valía la pena el sacrificio hasta que apareciera algo mejor y seguro. Eso duró hasta que un día me dijo que quería casarse conmigo. Por supuesto que pensé que era otro de los malos chistes de ella. Llevábamos tan poco tiempo, que nunca ni pasó por mi mente. Además, aparte que ella no me gustaba tanto, soy alérgico a las bodas, a todo ese compromiso y demás. De pensarlo me dan náuseas. En fin, cuando vi que iba en serio le dije, de forma lo más suave posible, para no herirla demasiado, que no. Había que esperar a conocernos mejor, a convivir. Todo lo que nunca pensé hacer con ella. Imagínese que aún vive en casa de su madre. Solo que ella nunca está en casa cuando vengo, pero aún así… No la visualizaba en mi futuro. Usted debe saber de qué le hablo.
—Más o menos. Termine de una vez, por favor.
—Ella me dijo que estaba bien, que me iba a probar que era la candidata perfecta para mí. “Mujer como yo nunca vas a encontrarla, mi cielo. Ninguna va a competir conmigo ni en la cama ni en la cocina. Te lo demostraré a partir de la semana que viene”, fue lo que me dijo, ella sabía que yo iba a salir de la ciudad por motivos de trabajo. Cuando regresé, le juro que ya la veía como era en realidad, no con esa venda que se nos pone al principio de cada relación. Ni tan buena ni tan linda era. Hasta ese vestido que tenía aquel día, le quedaba terrible. Las piernas fofas y sin forma. De esa manera la veía. Eso hizo que el propósito inicial que me llevó a su casa: separarme de ella de forma definitiva, me resultara más fácil de realizar. No me interesaba la invitación a comer que me había hecho. Sin embargo, antes que pudiera hablar con ella, me sentó en el sofá y me preguntó si quería tomar algo antes de comer. Le dije que sí, con la condición que tomara conmigo ahí, para hablar con ella. Cuando regresó me trajo una botella oscura. No era ni el vino ni el ron que acostumbrábamos a tomar en nuestros encuentros previos. “Es Shasha , de la tierra de mis padres: del Cáucaso”, me dijo. Le pregunté de dónde había sacado eso, pues tenía entendido que hacía años ella no sabía nada de su familia. Al menos eso me dijo una vez. “Se puede decir que es de un libro de cocina que dejó mi madre antes de irse. Me costó trabajo traducirlo. Preparé la bebida siguiendo la receta tradicional. ¿Verdad que está bueno? Suave con eso, que es más fuerte que el vodka o el aguardiente”.

Y mire si tenía razón la chiquilla. Sentí como el líquido me recorría desde la boca hasta el estómago. Como quemó cada centímetro durante su camino. Incluso juraría que lo seguí sintiendo cuando pasó por el hígado y mis intestinos a medida que era absorbido por mi cuerpo. A lo mejor fueron ideas mías, pero eso fue lo que sentí. Luego del segundo trago, ya veía todo diferente. Hasta los colores eran más vivos, y para qué decirle de ella. Estaba aún más linda del día que la conocí. Más delgada, con esa piernas tan torneadas y firmes. Sus pechos, su pelo… ¿para qué contarle? Vinimos a comernos la comida fría luego de hacer el amor. Y cuando me preguntó qué quería hablarle, de verdad que ni me acordaba. Demoramos una semana en terminar todo el Shasha que ella había preparado, y eso que lo bebíamos a diario.

Al despertar en mi casa luego de la última resaca, me acordé que tenía que llevar a lavar la ropa en casa de Irina, como se llama mi novia. Poco a poco, fueron regresando los recuerdos de la amenaza de boda. Y de verdad que con otra borrachera más con Shasha, hasta un cura se casaba. Me corrió un escalofrío por el cuerpo al pensarlo. Decidí entonces dejar de tomarlo, por muy bueno que estuviera. Eso iba a ser difícil. Con esa idea llegué. Irina me esperaba sentada ya en la mesa con una fuente en el centro y unas cervezas acabadas de abrir. Me dijo que me había visto venir desde la ventana. Eso me puso los pelos de punta, no me gusta que me vigilen. Me hace sentir como un cervatillo. “Esta receta se llama Satsivi, también de allá de la tierra de mis padres”, por supuesto, también de su libro. Lo vi abierto sobre la meseta de la cocina. Aproveché que salió al patio y fue cuando lo tomé para leerlo. Pero como no sé mucho de ruso, no pude sino leer su nombre en la portada para buscarlo luego.

Me asomé al patio a ver qué hacía, y la vi encendiendo una hoguera como de dos metros de alto. Y tenía más leña apilada cerca. La hoguera estaba construida en un agujero en la tierra. Ay, chef Liuda, no tiene idea del terror… de las cosas que pensé en ese momento. Ella me vio, dejó lo que hacía y fue hacia mí con cara de enojo. “¿Qué haces?”, me preguntó, “Arruinaste la sorpresa que te tenía. ¿No podías esperar sentado en la sala como siempre?” Qué iba a imaginarme yo que aquello era una sorpresa. No sé qué tipo de sorpresa podía ser una hoguera, o pira funeraria, como lo veía yo en este caso. De todas maneras, le dije que sorprendido e intrigado sí estaba. Demasiado para mi gusto. Ella se alegró de eso, y me pidió que dejara terminar lo que me preparaba. Dijo que sería algo que me cambiaría la vida.

—Señor, Víctor. Esas recetas aparecen en mi libro, pero ya es muy tarde. El agua del té hirvió y me lo he estado tomando en lo que me hacía el cuento. Sé exactamente de lo que me habla. Lo que quiero decirle es que a estas alturas no he visto ninguna señal de peligro. ¿Su novia lo quiere envenenar? ¿Quemar? ¿Es eso lo que teme? Pues no me parece…
—No, en absoluto. Es peor: seguía con eso de casarse y de presentarme a sus padres. Y no creo servirle mucho estando muerto. Tenga un poco de paciencia, por favor, me falta poco. Déjeme decirle lo que vi cuando terminé el primer muslo de pollo. Como le había dicho antes, ella no era fea, porque… bueno, ojos verdes, rubia y alta, pero en ese momento no era solo eso, sino que su cabello resplandecía y flotaba ante cualquier brisa. Se parecía a esas escenas de las películas, donde aparece la protagonista en cámara lenta con su cabello movido por el viento… así mismo estaba ella. Su cutis, antes marcado por la edad, aparecía liso y terso como el de una niña; y su olor… oh, Dios, qué olor. Aún lo tengo grabado en mis sentidos. En fin, me parecía una diosa. Otra vez, caí bajo su hechizo y se me olvidó boda, hoguera y hasta cómo me llamaba. Solo mis más primitivos instintos sobrevivían en mí. Hicimos el amor ahí mismo, bajo la mesa del comedor. No podía esperar a llegar al cuarto. Tampoco recordaba qué era eso.

El día siguiente desperté cerca del mediodía. Recordé la noche anterior como si fuera una película que hubiera visto. Como si no lo hubiera vivido. En cuanto entró ella al cuarto, me di cuenta que aún debía estar en la película, pues ella seguía encantadora. Con el cabello aún como en cámara lenta o una promoción de champú. Su cuerpo firme y juvenil aparentaba al menos diez años menos de los que tenía. Nada parecido a lo que yo conocí meses atrás. ¡¿Qué meses atrás?! Horas antes. Asustado, inventé una excusa sobre el trabajo y me escabullí antes que volviera a recordarme sus ansias de matrimonio. Sentía que mis resistencias iban cediendo. Cada vez me era más difícil negarme a sus peticiones. Tenía que mantener la mayor distancia posible de ella. Había algo raro que no acababa de descifrar y eso no me gustaba nada.

Sin embargo, cuando estuve en el trabajo, solo podía pensar en ella. Era como si por primera vez abriera mis ojos y la viera la realidad. Que todo lo que creí saber antes, era un error. Era lo que pensaba en ese momento. Mi mente me decía que no, pero mi corazón que sí. Y usted debe saber cómo es cuando eso sucede. Uno no sabe a cuál creerle. Fue intentando decidir qué hacer cuando comencé a extrañarla. Por primera vez desde el día que la conocí, sentí verdaderas ansias verla, abrazarla y hacerle el amor. ¡Hacer el amor! En mi vida lo había hecho. Solo me interesaba el sexo. Disculpe que sea tan franco con usted. Debe estar pensando barbaridades de mí, pero necesita saber eso para lo que viene a continuación.

—Mire, señor. Lo que quisiera es que terminara de una vez para saber cómo lo ayudo, si es que puedo hacerlo y volver a la cama. Lleva mucho tiempo hablando sin parar y no avanzamos.
—Sí, creo que sí avanzamos. ¿O estas recetas no están en su libro? ¿Para qué son exactamente?
—Sí están. Fueron las que utilicé en la primera parte. La de ocasiones románticas.
—¿Románticas dice usted?
—Sí. Esas precisamente tienen un valor especial para mí. Las utilicé cuando conocí a mi esposo.
—Y veo que funcionaron bien. Por como me habló de usted, ese hombre ve por sus ojos. Ay, Dios mío, ¿en qué me he metido? ¿Son solo esas recetas que le he dicho o hay más?
—Hay más, claro. Esa es solo la primera parte. Falta aún para llegar al plato principal.
—¿Las siguientes no serían unas brochetas? ¿O sí?
—Sí. Casi segura que sí. Se llaman Shashlik .
—Eso temí. Como le decía antes, no quería volver a ver a esa mujer. Tenía miedo de lo que podría hacer, o acceder. Creí que me había embrujado o algo parecido. He escuchado, de ella misma, historias sobre la magia rusa.
—Perdone, ¿no será “la mafia” rusa?
—No: Magia rusa. Me dijo que la abuela era una bruja. Que curaba con las manos y hierbas. Y que eran poderes que habían pasado de generación en generación allá en el Cáucaso y ella hubiera querido aprenderlos. Sin embargo, siempre he sido reacio a creer en esas cosas. Además, lo importante en verdad es lo que le contaba a usted.

Estaba ansioso en mi trabajo, sin poder concentrarme en nada que no fuera en inventarme una excusa a mí mismo para ver a mi mujer. Sabía que no debía. Que en verdad ella ni me convenía para mi futuro, ni me gustaba. Todo estaba en mi cabeza, me decía entonces. A duras penas conseguí averiguar su número de teléfono, chef; fue lo único que hice en el día. No obstante, al salir, tarde en la noche, no pude evitar que mis piernas me llevaran directo hasta la puerta de Irina. Cuando entré, me dijo que me acomodara que me estaba preparando una cena completa de platos rusos, como yo me lo merecía. “Bueno, el último plato, con un toque cubano. Pero todos, exactamente como se hacía en los tiempos de antes. Así es más rico”, me dijo coqueta antes de salir al patio. Estaba aterrorizado, me acordé de la hoguera y la sensación de estar en peligro regresó con fuerza a mi pecho. Además, como le había contado, hasta el momento solo me había dado un plato de su tierra en cada comida. En esta, serían tres platos de una vez, y eso no creí poder soportarlo. Temí perder la conciencia de mí mismo. Me convertiría en un títere. Sin embargo, no podía huir por mucho que lo quisiera.

Si escapar estaba fuera del menú, al menos quería ver qué era lo que preparaba para mi final y me asomé al patio. Allí estaba ella, dando brincos alrededor de las brasas que quedaban de la hoguera. Al calor de ellas se cocinaban unas brochetas… shashlik, como usted me dijo. Tenía la música puesta y coreaba las canciones puestas. Muy mal que lo hacía, por cierto. Siempre quiso cantarme los temas que salían en los shows que veíamos, pero yo siempre traté de evitarlo. La pobre: era un gallo ronco. No afinaba una nota ni aunque su vida dependiera de ello. Y para qué hablarle del baile. Pésima en todo. Y en ese momento no era la excepción. La escena de ella simulando un baile mientras intentaba cantar alrededor de las brasas, me cortó el poco libido que podría haber tenido y pude reunir las fuerzas y voluntad para emprender una huida. Fue en eso que sentí caer un poco de la grasa de la carne en las brasas y el olor se dispersó por el aire.  »Cometí el error de aspirarlo.

Di media vuelta y la vi bien entonces. Sobre su perfecto cuerpo de diosa, resplandecía el sudor teñido con el color de las brasas. Las luces y sombras hacían que aquella hermosa y sensual danza me excitara. Salí al patio y ella se detuvo un momento, respirando agitada por el baile. Tomó una de las brochetas y mordió la carne antes de pasármela. La grasa le corría por sus labios y se la limpié con los míos. Sonrió y comenzó a cantar. Me quedé parado en el mismo lugar, deleitado con su angelical voz, el baile y por supuesto, con ese shashlik. Al terminar con las brochetas se fue a dar los últimos toques a la sopa. Ante esa palabra sentí como si despertara de un sueño profundo, volvía a pensar con claridad, pues nunca me ha gustado la sopa. Ya sabe de lo que se dice de los hombres y las sopas… Mucho menos, luego de lo vivido hasta ese instante y que me diera: “es de hongos”. En cuanto fue para la cocina, aproveché y me escondí aquí en el sótano para llamarla. Recordé que tenía el teléfono de su restaurant, y… ya esa parte se la conté. Ahora quiero que me diga, con total honestidad ¿qué son esas recetas? ¿Qué me está pasando? No puede ser normal todo lo que le he contado. ¿Cuántos platos quedan en el libro, o este menú que preparó? No creo que si lo termine pueda hablar coherentemente con nadie, ni pensar en nada que no sea ella durante el resto de mi vida. Me convertiré en un zombi. Y tampoco puedo evitarlo. ¡Hongos, señora, hongos! Jamás he comido eso ni pensaba comerlo. Mucho menos sopa, ¡eso siempre me pareció agua caliente con hierbas! ¡Típico de brujas! ¿Eso es magia? Tiene que serlo, porque ahora tampoco puedo dejar de pensar en probar esa comida. ¿Y si mezcla la magia rusa con la cubana?... ¿Qué hago?

Liuda se quedó pensativa un rato antes de hablarle a Víctor. Su hija había llegado a la sala y encendido las luces al notarla despierta. Se detuvo en la puerta de la cocina haciéndole señas para saber quién llamaba. Liuda le indicó con la mano que no era nada serio y esperara.

—Víctor —respondió al fin, para que su hija escuchara el nombre y para que su oyente la atendiera—, luego de haber escuchado toda su historia, me queda claro que su novia ha estado siguiendo el orden exacto de mis recetas del libro. La sopa de hongos es exquisita, no tema probarla. El secreto está en el picante utilizado y la frescura del hongo. ¿Es recogido por ella o comprado?
—Pero… ¿Usted no ha entendido? Mi vida corre peligro. No sé nada de esos hongos, ni me interesa ¿Qué me está pasando? Ayúdeme…
—Si cree eso, sin siquiera haber probado la sopa, no quiera entonces probar lo que viene a continuación, señor. Ese tamal en cazuela...
—¿Cómo me libro entonces de eso? Dígame, haré lo que sea.
—Váyase de la casa. No se me ocurre otra cosa.
—Ojalá y pudiera, señora, no la estuviera llamando. Créame cuando le digo que lo he intentado, pero mis piernas no me responden cuando quiero encaminarme a la puerta. Y mi cerebro no deja de pensar en ella y convenciéndome que es algo malo dejarla ahora. Puedo hablarle ahora por que no veo o escucho a Irina, sin embargo, no dejo de pensar que es la mujer de mi vida, y cuando la miro… Es como si tuviera en el asiento del pasajero viendo a otro conducir mis acciones. Siento como si me faltara el aire cuando no la veo. ¿No hay nada para contrarrestar la magia? Esto no es normal. No sé qué me pasa.
—¿Qué magia, señor? Si un poco de Shasha ruso, unos muslos de pollo en salmuera, unas brochetas, y una sopa de hongos usted lo ve como magia, no quiera probar el tamal en cazuela que viene a continuación. Pues tiene de la tierra cubana con carne y picante ruso, eso sí es un cierre por todo lo alto, es el plato principal por excelencia. Si lo anterior era mágico según usted, este es un hechizo de los poderosos.
—Ay, dios, ¿en qué me he metido?
—Es sencillo. Le voy a decir qué hacer. Primero, va a colgar e ir a la cocina. Abrazar a su mujer por detrás y besarla en el cuello. Luego se sentará en la mesa, tomará la sopa, que es una exquisitez y luego se comerá el tamal que, créame, le cambiará la vida para siempre. A mí me pasó y a mi esposo también.
—Pero… ¿Eso no será peor? —Víctor estaba desconcertado por completo— Así no podré escapar jamás.
—Ya usted no tiene escapatoria. Está enamorado hasta la médula, así que deje el miedo, no sea cobarde, compórtese como el hombre que dice ser y suba, disfrute la comida y cásese con ella. Es la mujer de su vida y usted no lo quiere ver. La magia no está en la comida. La cocina rusa no tiene magia, pero las mujeres rusas sí, y usted ha caído en su hechizo. El más viejo de todos.

Y colgó. Su hija la miraba intrigada ante la llamada tan tarde en la noche.

—Кто это, мама? Что они хотели так поздно? Это было о папе?
— Нет, дочь, тихая. Он был бедным отчаянным человеком. Хорошей новостью является то, что я уже знаю, где мой потерянный гримуар и что твоя магия проснулась.

Respondió, y salieron de la sala entre risas.

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