• Pedro García Cueto
    En el laberinto del ser

    Influencias en Juan Gil-Albert (1)

    por Pedro García Cueto

LOS GRANDES ESCRITORES QUE INFLUYERON A JUAN GIL-ALBERT

Merece la pena, sin duda, dedicar un apartado a la raíz decadentista en la prosa de Gil-Albert. No olvidemos que el autor alicantino se nutre de una serie de intelectuales, la mayoría escritores, que expresan una visión decadentista de la vida.

Citaré en este apartado a algunos de ellos: Joris-Karl Huysmans, Oscar Wilde, Marcel Proust y Ramón María del Valle-Inclán, en sus poemas.

Pasaré a relacionar a estos escritores con Gil-Albert, las razones por las cuales hay un nexo entre ellos.


EL DECADENTISMO EN JORIS-KARL HUYSMANS.

Para comenzar cabe preguntarse ¿quién era Joris-Karl Huysmans? La pregunta se contesta con facilidad, nació en París en 1848 y murió en 1907, fue seguidor de Emile Zola, pero después se adentró en la corriente espiritual y decadente que nos interesa en este apartado.

Huysmans va a ser uno de los miembros del movimiento “decadente”, este movimiento surgido de las reuniones de un grupo de artistas en algunos cafés parisinos pretende hacer una crítica al modelo de vida materialista del siglo, son jóvenes inconformistas frente al arte impersonal y academicista de la época.

Todo ocurre a finales del siglo XIX y entre ellos destacan Charles Cros (1842-1888), Jean Ridrepin (1840-1903), Paul Bourget (1852-1935). Más conocidos son dos de sus miembros más importantes: Jules Laforgue y Huysmans.

El concepto “decadente” fue empleado por la prensa de la época para etiquetar despectivamente a estos artistas rebeldes e inconformistas. Ellos aceptaron la etiqueta,

pero interpretándolo en la senda de Baudelaire que llamó “época de decadencia” a la de los artistas sensibles, críticos y renovadores. Va a ser Baudelaire el primero en abordar el concepto de “decadencia” en una serie de artículos publicados en Le Figaro en 1863.

¿Por qué nos interesa Huysmans en este estudio de Gil-Albert? Huysmans, con agudeza, ya antecede esa visión estética de la vida que tiene Gil-Albert. Va a ser el escritor francés un crítico valiente del naturalismo de Zola (pese a que en principio le interesó dicho naturalismo).

Tanto Á-Rebours (publicada en mayo de 1884), como Là-Bas (publicada en 1891), nos ofrecen retratos de hombres que viven por y para la estética, en sus novelas el lenguaje, el preciosismo, el detalle cubren todo el protagonismo y se vierten como base principal para deleite de sus seguidores.

Las novelas de Huysmans, como el mundo de Gil-Albert y sus obras en prosa, van a tener como telón de fondo reflexiones sobre el sentido del arte, la naturaleza, la poesía.

En Á-Rebours no existe intriga, todo pasa por el tamiz de un personaje, el duque Jean Floressa des Esseintes, su conciencia, su mundo interior son el universo que relata Huysmans.

En Là-Bas el escritor Durtal redacta un libro sobre un personaje fascinante, el satánico monstruoso y archirefinado Gilles de Rai, noble del S. XV. Là-Bas es una novela donde el autor va a iniciar una aventura intensa hacia el erotismo, el satanismo, el esoterismo.

Quizá por la intensidad con que vive esta novela, Huysmans va a sentir la llamada de la fe, en 1892 inicia su etapa de misticismo cristiano. Va a pasar entonces algunas etapas de retiro en diversas abadías de frailes.

Como vemos, Huysmans se apartó del ideario naturalista y se acerca cada vez más a Baudelaire y su visión de la vida, irónica y extraña.

El personaje de Á-Rebours es un artista consumado, el arte constituye para él un camino ideal para llegar a las emociones.

El duque protagonista del relato va a admirar a esos escritores que no han triunfado plenamente, pero cuyas obras extrañas y originales se pueden considerar como joyas literarias, por ejemplo: Verlaine o Mallarmé.

Un gran admirador de Huysmans será Rubén Darío, el cual va a mencionarle en su obra Los Raros, tanto al autor como al personaje que inventa en Á-Rebours, el duque Jean Floressas des Esseintes: “Y, lo que son los decadentes van representados por Villiers de I’Isle-Adam, el hermano menor de Poe, para el católico Barbey d’Aurevilly…, para el turanio Richepin, para Huysmans, en fin, lleno de músculos y de fuerzas de estilo, que personificará en des Esseintes el tipo finisecular del cerebral y del quintaesenciado, del manojo de vivos nervios que vive enfermo por la obra de la poesía de su tiempo” (Rubén Darío, 1923-1929: 216).

Vamos a encontrar cuentos de Rubén Darío, por ejemplo El rey burgués, La canción del oro, que recogen ideas de Huysmans.

Otros escritores hispanoamericanos van a seguir la senda que propugna el personaje del duque en la novela, es decir, una sensibilidad estética muy influyente en el argentino Julio Herrera y Reisig en Los peregrinos de piedra en 1910, el argentino Leopoldo Lugones, en Lunario sentimental en 1909, el mejicano Amado Nervo en Jardines interiores en 1905 y entre otros, el boliviano Ricardo James Freyre en su Castalia bárbara.

Huysmans va a regalarnos un ideario estético en un personaje que va a servir como trampolín a muchos modernistas en Hispanoamérica. Naturalmente, Gil-Albert está en la senda de este autor francés que recoge una visión estética de la vida. Nuestro poeta moguereño Juan Ramón Jiménez va a sentir interés por estos decadentistas franceses en su época modernista inicial.

Pero veamos qué consigue Huysmans con el personaje del exquisito, esteta y extraño duque. Para que apreciemos hasta qué punto es un personaje que podría haber servido a Gil-Albert como base de sus protagonistas, merece la pena citar un fragmento del libro: “La lectura de las obras latinas que él apreciaba, obras casi todas escritas por obispos y monjes, había contribuido sin duda a determinar esta crisis. Inmerso en una atmósfera conventual y en un aroma de incienso que le resultaban embriagantes, se había sentido exaltado…” (Joris-Karl Huysmans, 1984: 203-204).

Dirá seguidamente que aquellos libros le recordaban su época en el colegio de los Padres Jesuitas, ¿no nos recuerda al personaje protagonista de Los Arcángeles de Gil-Albert?

Aparece en la novela esa atmósfera mística, conventual que Gil-Albert, haciendo encubrir a su protagonista desde la celda, nos regalaba.

También afronta el libro la filosofía, porque el personaje que crea Huysmans no desarrolla una trama, sino simplemente reflexiona como lo hace Gil-Albert en Breviarium Vitae o en Crónica General.

Cito, por su interés, la página donde Huysmans en Á Rebours habla de filosofía a través de su personaje, el duque: “Shopenhauer no pretende curar nada, no ofrecía ninguna compensación, ninguna esperanza a los enfermos, pero su teoría del pesimismo era, en suma, la gran consoladora de los espíritus selectos, de las almas elevadas”.

¿No nos parece estar leyendo a Gil-Albert cuando habla de filosofía con su lenguaje extremadamente cuidado? Si nos adentramos en el libro, al igual que en La- Bàs, veremos cuál es el origen de ese ideario estético que el escritor alicantino mantiene.

El decadentismo de Huysmans está detrás de ese dandy que desprecia al vulgo, que hace estética su visión de la vida, coincide en ello con nuestro escritor y su visión de la sociedad. Hay en ambos, un radicalismo que les lleva a separarse de un mundo que no consideran suyo y que les obliga a vivir en soledad.

Toda la novela de Huysmans es un prodigio de esteticismo, el estilo es siempre cuidado, detallado, minucioso. Merece la pena citar, por último, el fragmento en el que Huysmans cuenta la afición del duque hacia las plantas. Veremos cómo no pierde detalle, con la intención de homenajear así a la belleza: “Poseía, pues, una maravillosa colección de plantas tropicales, fabricadas por los dedos expertos de auténticos artistas…” (Joris-Karl Huysmans, 1984: 216).

No se termina en esas líneas el gusto por el mundo de las plantas, sino que elabora como un artesano de la palabra la siguiente visión: “Llegando a marcar los matices más ínfimos, los rasgos más fugaces de su despertar o su reposo; observando la textura de sus pétalos, recogidos por el viento o arrugados por la lluvia…” (Joris-Karl Huysmans, 1984: 216).

Como podemos apreciar, Huysmans describe como si pintara y nos deslumbra haciendo del estilo literario el fondo que imprime belleza y da sentido a la narración. Por ello, Gil-Albert, entregado también, como hemos visto en páginas anteriores, a la visión estética de la vida sigue la senda de Huysmans, sin duda alguna.

Quisiera citar, para terminar, un fragmento del interesante prólogo de Juan Herrero a la edición española de Á-Rebours cuando nos ofrece una definición de la decadencia que sirve para entender sobradamente el porqué de la inclusión de Huysmans en este estudio sobre la obra en prosa de Gil-Albert: “La idea de la decadencia está, pues, en relación con la de renovación y la de transformación. Esta renovación se aplica también a la lengua y la literatura…” (Juan Herrero, 1984: 18).

Lo que va a señalar Herrero es que en su deseo de expresar sensaciones tiene que abandonar el artista decadente el molde clásico y dice, con mucho tino, lo siguiente: “el artista tiene que descomponerlos (esos moldes) construyéndose un lenguaje autónomo personal de gran plasticidad expresiva y sugestiva” (18).

Acierta Juan Herrero ya que Huysmans y, más tarde, Gil-Albert se empeñan en hacer del estilo un lenguaje autónomo para sugerir (en la línea de Gabriel Miró) la belleza que explica sus mundos interiores.

(continúa en el próximo número)

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