• Abel Guelmes Roblejo
    Del color de la luz

    Canción de vida

    por Abel Guelmes Roblejo


Llevaban muy poco tiempo de conocidos cuando el mulato Ramón se enamoró de Carmen. Ella era hermosa como ninguna otra en su pequeño pueblo, y por eso le quiso hacer una canción. No una canción cualquiera, sino una perfecta: como mismo era Carmen. Pasó horas y horas repasando notas; en pensar y dar vueltas y vueltas por su casa y desde ahí hasta la de su amada. Planeó que aquel tema fuera su declaración de amor, o de lo que fuera aquello que él profesara desde el día en que Carmen entró a su vida.

Pasó el tiempo.

Aquella mañana en que Carmen halló pareja, Ramón aún no había terminado su declaración; pero eso no lo hizo desistir de su empeño. En su mente, ninguno de ellos iba a durar: era cosa del destino. Se dedicó a estudiar con los mejores maestros de solfeo y composición, practicó, hasta más allá de lo que otros creyeron que era la perfección, las partituras más complicadas del mundo; e incluso estudió los métodos mágicos de grandes del arte. Solo que estos a manera de última opción, porque siempre exigían un sacrificio mayor. Siempre buscó inspiración en el feliz recuerdo y la persona de Carmen, en quien encontró a su alma gemela y de quien se había convertido, hasta el momento, en un gran amigo.

Cuando pudo perfeccionar su arte y era reconocido en gran parte de su país, Carmen se enfermó. Los médicos no encontraron la cura de su padecer, y tras varios tratamientos inefectivos, dijeron que solo quedaba esperar un milagro, solo eso lograría salvarla.

Ramón entristeció de una manera que él no creía que era posible que existiera. Hizo la promesa de no verla nunca hasta el momento en que fuera a cantarle su canción. Con ella la salvaría. Se encerró en su casa y juró no salir hasta que escribiera la canción perfecta para Carmen. Los familiares y amigos le tocaban la puerta y las ventanas de su casa, en eterna insistencia a que abandonara su auto-exilio. Pero él no cayó en la tentación, ninguna excusa era válida, y cuando le preguntaron si no iba a ver a Carmen, respondió, sin dejar de componer, que ella tenía a su pareja cuidándola a su lado, pero él lo hacía desde ahí.

Desde el exterior de la habitación solo se escuchaban el rasgueo de la guitarra durante las mañanas y el teclear en la computadora por las tardes. Por las noches llamaba, sin salir, a quien fuera que estuviera fuera de su casa y le preguntaba por Carmen; la respuesta siempre era la misma: no mejora, cada día está más malita, lo siento mucho. Luego, solo el sonido de los pasos recorriendo la habitación, y el resplandor de la luz de las velas en los altares a los santos y dioses. Cientos de canciones fueron compuestas en aquella casa, cada una mejor que la otra, pero ninguna fue perfecta, decía él y siguió componiendo durante semanas.

Ramón se enfermó debido al tiempo de encierro y el estrés del trabajo; además de la mala alimentación: solo gracias a la asistencia, e insistencia de los amigos, es que comía. Un vecino suyo le dijo que el estado de Carmen era muy crítico y si no iba a verla pronto, no lo lograría verla con vida. Ya Ramón estaba muy enfermo y no respondió a ese vaticinio, sino que giró en el lugar y se sentó en el suelo entre las partituras, borradores y libros de consulta. Ramón lloró.

Lo hizo durante toda la noche hasta justo al amanecer, cuando paró, se secó los ojos y antes de agarrar la guitarra, oró. A quien, o quienes, estuvieran escuchando, cualquiera que pudiera ayudar. Pidió que no dejara que Carmen muriera sin escuchar su canción, que lo dejaran practicar todos los días y que no le permitieran que ninguno de los dos muriera hasta que él le cantara frente a frente, aún si después nunca pudiera hacerlo. De esa manera ella iba a saber lo que él sentía desde muchísimo tiempo atrás. Era su prueba de amor.

Ramón rezó; y con el sufrimiento sintió la melodía brotar de sus adentros, la agarró en el aire, la moldeó con sus manos y la colocó nota a nota en su pentagrama. Allí estaba ella, la tan buscada y perfecta canción.

Cuando la tocó por primera vez, con cada acorde y con cada arpegio de su guitarra las paredes de su cuarto retrocedían hasta desaparecer y él pudo verse conversando junto a Carmen. Lograba retroceder en el tiempo hasta aquellos instantes en que ellos eran solo uno. Ramón tocó y personas de todos lados se acercaron a escuchar aquel canto de ángeles que salí por cada resquicio, por cada abertura y llegaba a sus oídos. Reunidos todos allí, sintieron la música terminar y volvieron a la realidad, se miraron unos a otros y se vieron abrazados, sentados en el suelo o agarrados en la las ventanas o contra las puertas de la casa.

Una vez restablecidos, sintieron los pestillos correrse y la puerta abrirse. Ramón salió del interior de la casa con su guitarra, pálido, flaco y con una sonrisa en los labios. Nadie le habló, él tampoco les dirigió la mirada. Salió caminando hasta la esquina y dobló de forma que los vecinos y amigos dejaron de verlo, pero todos conocían cuál era el destino de sus pasos.

Ramón llegó corriendo al hospital, no esperó a que la recepcionista le dijera dónde estaba Carmen. Sin saber cómo lo hizo, subió las escaleras hasta llegar al piso de Carmen y desde ahí se dirigió directamente su cuarto.

Solo para verla a ella, rodeada de su familia, su novio, los familiares de este; y también vio al doctor. Al sentir la puerta abrirse, todos dirigieron la vista hasta donde estaba Ramón con las flores en una mano y la guitarra en la otra. La sonrisa de Ramón era de una felicidad inmensa, pensaba en tocarle la canción tanto tiempo preparada, y que una vez que lo hiciera, Carmen, desde su lecho de terminal, lo perdonaría por no haber ido a verla antes; y más aún, todos iban a ver claramente que Ramón era el verdadero amor y el destinado a vivir para siempre con Carmen.

Pero las cosas no sucedieron como él las imaginó. La alegría y felicidad de Carmen y de sus acompañantes eran mayores que las de desilusionado Ramón. Ni siquiera se interesaron en saber qué lo había demorado tanto tiempo en ir a verla. No. Se limitaron a invitarlo a pasar e hicieron que el doctor repitiera la buena nueva. Durante el examen de esa tarde, notaron que la enfermedad detuvo su avance. Aquello era un milagro, se decían todos, el que estaban esperando; y Ramón también, solo que él sabía quién era el causante de aquella noticia. Pero entonces pensó en esperar a que Carmen se recuperara y regresó a su casa, feliz por un lado y desilusionado por otro. Decidió no tocar más hasta que a Carmen le diera el alta y con esa resolución entró a su casa, pasando entre las personas que estaban esperado afuera para saber cómo le había ido.

Dos días después, durante el desayuno, fue un amigo y le dijo que Carmen recayó, que en la noche le iban a hacer otros análisis para un nuevo tratamiento. Triste, Ramón cerró la puerta y se dijo que a la mañana siguiente iba a verla y a tocar para ella. Esa noche tocó como nunca antes; puso en práctica todo lo aprendido, en sus intensivos y diversos estudios, hasta ese momento. Mientras tocaba, vio a Carmen junto a él, escuchando música en su cuarto; luego se vio junto a ella en el hospital materno y a su hijo por nacer. Todo eso mientras tocó. Solo después fue que pudo dormir.

Al día siguiente llegó al hospital, subió las escaleras y justo antes de entrar escuchó cómo la madre le daba las gracias al doctor por la rápida mejoría de su hija. La alegría de Ramón fue inmensa, así que abrió la puerta y entró al cuarto. Al instante en que Carmen y Ramón se vieron, los equipos comenzaron a sonar, ella dejó de respirar y el doctor ordenó a todos que salieran de la sala mientras llamaba a las enfermeras y técnicos.

Aquel día no pudo cantarle su amor. Sin embargo, lo ensayaba y perfeccionaba más cada noche desde la soledad de su casa.

Al siguiente regresó otra vez y la escena volvió a repetirse, y al siguiente y así el resto de esa semana. Ramón entendió todo y supo que aquello por lo que había rezado se estaba cumpliendo. Todo. Cada vez que tocó la canción Carmen tuvo una mejora, sin embargo, cada vez que la veía todo iba atrás. Así que decidió dejar de verla, entró nuevamente a su casa, corrió todos los pestillos, ante la vista de todos sus vecinos y conocidos, y nadie volvió a verlo salir. Solo se escuchaba, por las noches, la canción a Carmen. Hasta que una noche se dejó de escuchar.

Cuentan que a los pocos días de no oír la canción, Carmen fue dada de alta. Lo primero que hizo fue dirigirse a casa de Ramón, ya que muchos de los oyentes de los ensayos diarios, fueron a conocer a la musa de tan bella canción y le contaron todo lo referido a Ramón mientras ella convalecía. Por mucho que tocó y gritó que era ella, Carmen, nadie abrió la puerta hasta que llegaron los bomberos y la echaron abajo temiendo lo peor.

Los testigos de ese suceso, dicen que el cuarto estaba vacío. Nada de papeles, partituras, guitarras, ni muestra o señal de que Ramón hubiera estado allí, sin embargo cuentan que desde ese día, en varios lugares del país han visto a un mulato peregrinar, con su guitarra al hombro, cantando una canción de amor, llena de magia, al amor de su vida.

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