• Alfonso Estudillo
    La Voz de Arena y Cal

    DÍPTICO DESDE EL DOLOR

    por Alfonso Estudillo


Tal día como hoy, día 1 de Mayo, se cumplen 33 años de la muerte de un hombre bueno, de un hombre que renunciara a toda ambición y en cuyo corazón no había espacio para otra cosa que no fuera la bondad, la benevolencia y la humanidad.

Francisco Estudillo -Paco Leyes para los amigos- tenía 67 años cuando las frías manos de la muerte se posaron sobre sus hombros para acompañarlo en su viaje último. Partió con un leve suspiro, sin una queja, humilde y sencillo como fue toda su vida, pero dejándonos como herencia la maravillosa y admirable suma de virtudes que habitaban en su corazón de hombre bueno.

Francisco Estudillo era mi padre. Y, como sigue en mí, como mi sangres es la suya, hoy -considerando la fecha y mi obligación de hijo-, os quería compartir este recuerdo.


DÍPTICO DESDE EL DOLOR
(Oda en la muerte de mi padre)



Abril, día último.
Aún en mí...



Y llorarán las rosas si te vas...
y el agua de los ríos serán lágrimas
como dolor de cielos
vertidas del azul hasta tu boca,
hasta tus labios fríos,
hasta tu esencia misma, ya inerte y dormida
sobre el regazo de la tierra.

No, no te vayas,
no quieras ser de piedra o sombra,
no quieras ser de la materia con que son los sueños,
no inventes nada,
deja que la luz camine desde tus pupilas
hasta encontrarme dentro,
hasta ceñir mi frente con tus labios
igual que ayer y siempre.

Los hombres somos ríos, padre,
juanramonianos ríos de amarillos cauces,
o árboles, quizás,
...o tal vez llanto,
ácuea materia
que cincela en tajos la distancia enorme de la piel y el alma.

No puedes irte, padre,
aunque tus dedos giman entre arrugas presos,
aunque tus labios tiemblen y en tu voz restalle
el íntimo lamento de un suspiro.
No puedes irte, padre,
no puedes irte porque tu sol aún no ha salido,
porque aún están mis manos esperándote
y todos los ecos te llevan mis palabras:
Te necesito, padre, sí... aún te necesito.




Mayo, día primero.
...y ya ido.



Y te fuiste...

Te marchaste sin mirar las ondas que el dolor labraba
en lo interior,
sin ver las lágrimas,
sin saber que dentro estabas tú
con tu perfil gimiente,
con tu frente blanca,
con tus manos doradas
y tu cuerpo estremecido.

Te marchaste sin notar apenas que unos labios fríos
se derramaban en tu piel para ser beso,
o tumba,
y vencieron al amor y a la esperanza.

Te dormiste...
Olvidaste que es la luz la que hace al día,
que los cielos beben luz de amaneceres,
que el fulgir de tu pupila era la fuente
y que el azul sin tu presencia no sería.

Olvidaste que los sueños tienen alas
y que en los aires y en tu voz se construían,
que sin tu nombre ya no habría ni luz ni leyes
ni sueños o existir de pajaritos.
Olvidaste que las primaveras se suceden,
que las rosas te esperaban en el patio,
que unos brazos te aguardaban para ser tuyos
y que la tierra es sólo afán de un pecho sin latidos.

Te dormiste...
Te dormiste solo,
en un regazo de aire sin estelas,
sin canción de cuna que te transmitiera los besos secretos
que guarda la sangre.

Apoyaste la cabeza sobre la almohada,
leve, tiernamente,
y dejaste abandonada la materia;
dormiste tus labios
y dejaste dentro la sonrisa;
dormiste tus ojos
y ocultaste en su luz las lágrimas...

Pero las mías fueron a la tierra
a reprocharle su impiedad desoladora,
a gritarle
que el dolor se queda,
que no hay cáliz, tumba o cielos que lo apure,
que lo mitigue,
que lo atempere,
que lo contenga...

Te fuiste
convertido en sueño,
pero dejaste aquí el recuerdo de tus labios,
padre mío, de tus labios,
convertido en piedra.



(Primer Premio de Poesía «ÁNFORA DE PLATA», Málaga, 1992)



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