• Pedro García Cueto
    En el laberinto del ser

    Influencias en Juan Gil-Albert (2)

    por Pedro García Cueto

LOS GRANDES ESCRITORES QUE INFLUYERON A JUAN GIL-ALBERT (II)

Merece la pena, sin duda, dedicar un apartado a la raíz decadentista en la prosa de Gil-Albert. No olvidemos que el autor alicantino se nutre de una serie de intelectuales, la mayoría escritores, que expresan una visión decadentista de la vida.

Citaré en este apartado a algunos de ellos: Joris-Karl Huysmans, Oscar Wilde, Marcel Proust y Ramón María del Valle-Inclán, en sus poemas.

Pasaré a relacionar a estos escritores con Gil-Albert, las razones por las cuales hay un nexo entre ellos.


LA VISIÓN DECADENTISTA DE OSCAR WILDE

En el caso de Oscar Wilde podemos observar que el excelente autor inglés va a seguir en toda su vida y obra un sendero de esteticismo indudable. Ya lo vimos al comentar El retrato de Dorian Gray, pero hay otros escritos donde la afinidad con las ideas de Gil-Albert nos hacen hablar, sin ninguna duda, de clarísima influencia.

Me refiero a sus ensayos, entre ellos El nacimiento de la Crítica Histórica. En este estudio, Wilde va a señalar cómo el estado del mundo es un estado en continua decadencia: “Debemos notar primeramente que la causa de la decadencia del estado ideal en el principio general, común al mundo vegetal y animal tanto como al mundo de la historia, que todas las cosas creadas están destinadas a decaer” (Oscar Wilde, 1974: 1525).

Esta idea ya nos pone en la base de su ideario estético, si las cosas están destinadas a decaer hay que ennoblecerlas, destacarlas antes de su derrumbamiento. El estudio va a insistir en un detallado análisis de la filosofía griega en las figuras de Platón o Aristóteles, cita a Tucídides, a Heródoto, a Catón, etc. Oscar Wilde tiene su principal referente en el mundo griego, coincidencia nada casual con Gil-Albert, como podemos imaginar. El escritor alicantino se ha nutrido de las obras de Wilde, tanto en sus ensayos, como en sus obras dramáticas.

Es interesante citar algunos de sus principios en boca de un personaje, concretamente en un delicioso diálogo sobre el arte y el artista que aparece en El crítico como artista, Oscar Wilde dice en este ensayo lo que nos imaginamos que hubiera sostenido también Gil-Albert como credo estético: “A través del arte y sólo a través del arte nosotros podemos realizar nuestra perfección; podemos preservarnos de los sórdidos peligros de la existencia real” (Oscar Wilde, 1974: 1352).

Mantiene también Gilbert, el personaje de Wilde, lo siguiente: “La emoción por mor de la emoción es el fin del arte y la emoción por mor de la acción es el fin de la vida…” (Oscar Wilde, 1974: 1353).

No hay duda que Oscar Wilde sitúa el arte como el gran icono del hombre, donde puede y debe realizarse. Dice el protagonista de este estudio, en el diálogo jugoso que mantiene con Ernest, algo que también defendería Gil-Albert: “Los griegos fueron una nación de artistas porque les fue evitado el sentido de lo infinito” (1355). Por ello, indudablemente, hemos de realizarnos en lo concreto y describir, pintar, esculpir, tocar música, consiguiendo así una estética de la vida, dando sentido a las emociones que nos conforman como ser humano.

No sólo en su ideario estético va a ser Gil-Albert deudor de Wilde, sino también en las ideas políticas que el escritor inglés vertió en sus ensayos. Concretamente va a dejarnos páginas memorables en El alma del hombre bajo el socialismo donde Wilde expone sus ideas de progreso para el mundo mucho antes que otros. Cito sus novedosas ideas sobre el socialismo y el comunismo emergente: “El socialismo, el comunismo, o como cada uno quiera llamarlo, al convertir la propiedad privada en bienestar general y sustituir la competición por la cooperación, restaurará la sociedad a su propia condición de organismo sano y asegurará el bienestar particular de cada miembro de la comunidad” (Oscar Wilde, 1974: 1391).

Como podemos ver, ya a finales del siglo XIX, Wilde exponía sus ideas de un mundo más igualitario, ideas que en el siglo XX, desgraciadamente, se encargarían de destruir el sistema totalitario que triunfó en la antigua Unión Soviética.

Es interesante saber que Wilde nació en 1854 y que va a participar de la eclosión del esteticismo y del decadentismo. No hay que dudar que el parentesco entre el duque Jean Floressas des Esseintes de Huysmans y El retrato de Dorian Gray existe. Solo le separan a ambas novelas un período de 7 años (la novela de Huysmans es de 1884 y la de Wilde de 1891). Hay en ambas un deseo de crear un personaje que represente el dandismo, cuyo espíritu diabólico y extraño estuvo muy presente (otro ejemplo muy claro lo ofreció el conde de Lautreamont con sus Cantos de Maldoror).

También nos recordará Wilde en De profundis su admiración por Dante Alighieri que, como recordamos, fue el autor citado más veces en Los Arcángeles de Gil-Albert (y su obra clave La Divina Comedia).

Wilde fue un gran admirador de Shakespeare, su obra La decadencia de la mentira es un estudio sobre la grandeza del dramaturgo inglés.

Hay que recordar que Gil-Albert dedica su Valentín al gran autor inglés. Tantas coincidencias entre Wilde y el escritor alicantino demuestran el claro referente que Wilde supuso para el escritor alicantino.
No sólo admira Gil-Albert a Wilde por su sentido estético de la vida, sino también por su sentido ético, defendiendo lo que creía justo, sometido a juicio por las calumnias de la ignorancia de una sociedad puritana y ridícula. El escritor encuentra así en Wilde un modelo ético y estético en su vida.


EL MAGISTERIO DE PROUST EN LA ESTÉTICA DE GIL-ALBERT

La influencia de Marcel Proust es evidente en la obra de Gil-Albert. No sólo reivindica el escritor el magisterio del gran escritor francés, sino que admira ese espíritu decadente y refinado de Proust.
El genial escritor francés nació el 10 de julio de 1871 en Auteil, París. Desde su temprana infancia va a estar enfermo. En 1880, con 9 años, ya sufre su primera crisis asmática. A partir de 1882 lee a grandes de la literatura francesa, entre otros, a Víctor Hugo, George Sand o Balzac.

Proust obtendrá el premio de honor en las clases de filosofía en 1889. Estudió Ciencias Políticas con profesores como Albert Vandal o Albert Sorel. Asistió también a las clases de su primo político, Henri Bergson, en la Sorbona.

Ingresa en el Ministerio de Instrucción Pública en 1895, la rutina burocrática hará que vaya alejándose cada vez más de ese trabajo.

Empezará a escribir En busca del tiempo perdido, su gran obra, a partir de 1906. El escritor francés hace un cálculo de su obra, la cual tendrá más de tres mil folios. André Gide, uno de los fundadores de la Nouvelle Revue Française rechaza el manuscrito de Por el camino de Swann, que Proust envió a la revista, Gide reconocerá poco después el gran error que cometió.

En 1911 la famosa editorial Gallimard edita A la sombra de las muchachas en flor, la cual obtuvo el premio Goncourt.

Tras la publicación en 1920 y 1921 de parte de su gran obra, el gran escritor muere el 18 de noviembre de 1922, sin poder reponerse de una neumonía.

¿Por qué Gil-Albert se fija en Proust? La respuesta es fácil de deducir, el escritor francés crea un mundo de belleza, donde el deseo de embellecer las descripciones (minuciosas casi siempre) se convierte en su mayor objetivo. El desagraciado amor de Charles Swann por Odette de Crécy, una mujer de dudoso pasado, vertebran una historia de gran plasticidad y hermosura.

Gil-Albert lo dijo muy bien en unas líneas de Breviarium Vitae: “La obra de Marcel Proust está orquestada” (Juan Gil-Albert, 1999: 87). ¿Qué significa esto?, sin duda, quiere decir que la delicadeza, la armonía, el detallismo de la obra del escritor francés la hace completa y compleja. Si recordamos qué significa la estética para Gil-Albert entendemos mejor lo dicho anteriormente: “La estética es una emoción interior que despiden las cosas del mundo” (Juan Gil-Albert, 1999: 466); la obra de Proust es detalle, emoción en las cosas pequeñas que se muestran en su grandeza gracias a la delicadez del escritor.

Cito unas páginas de la gran obra de Proust, concretamente de la titulada Por el camino de Swann, en las cuales el escritor francés muestra su pasión por la pintura (arte preferente en la visión estética de Gil-Albert). Veamos el fragmento del libro donde describe los tapices que aparecían en la iglesia de Combray: “Dos tapices de alto lizo representaban la coronación de Ester, a los cuales, al fundirse sus colores, añadían una expresión, un relieve, una iluminación, un poco de rosa flotaba en los labios de Ester sobre el dibujo de su contorno; el amarillo de su vestido se extendía con tanta unción, tan generosamente, que adquiría una especie de consistencia y se alzaba vivamente sobre la atmósfera rechazada…” (Marcel Proust, 1985: 88). Vemos, sin duda, el gusto por el detalle, por emocionar a través de los sentidos, no es otra es la intención de Proust, ni tampoco difiere de ella la que expresa Gil-Albert al escribir sus obras.

En el Breviarium Vitae, el escritor alicantino comprende que el estilo de Proust, tan lleno de matices, difiere del de Gide, tan lacónico a veces, pero ambos son referentes de su literatura. En Gide va a encontrar una postura ética ante la vida (como muy bien vimos en el Heraclés) frente a la postura estética que encuentra en Proust. Lo dice claramente en el libro: “Proust es un banquete, una fiesta, hasta, si se prefiere, una orgía, Gide es la comida diaria; es- y que me perdonen los vaticanistas- el pan nuestro de cada día” (Juan Gil-Albert, 1999: 243).

Para poder apreciar ese abismo estilístico, voy a citar un fragmento de El inmoralista de Gide cuando el personaje dice lo siguiente: “Al día siguiente el cielo era espléndido, el mar, casi tranquilo. Algunas conversaciones en absoluto apresuradas disminuyeron aún más nuestra sensación de apuro. Nuestro matrimonio comenzaba verdaderamente. En la mañana del último día de Octubre desembarcamos en Túnez” (André Gide, 1999: 56). Podemos observar que Gide no necesita explayarse, un adjetivo le sirve para definir el mar o expresar la visión del cielo. Gide es también un creador, desde su deseo de concisión. Para Proust, estas líneas le hubieran parecido insuficientes, incompletas.

El escritor del Corydon continúa con lucidez, audacia y sinceridad esa denuncia a la hipocresía del mundo, por ello, su ética es lo que Gil-Albert ensalza, esa forma de exponer, sin retórica, lo que el mundo real oculta.

También, como ocurre con las obras del escritor alicantino, hay mucho de autobiográfico en Gide, como puede observarse al leer El inmoralista o el Corydon.

Proust crea el personaje de Swann, un individuo que puede ser un espejo suyo, pero también late en el barón de Charlus y su decadencia el mismo mundo que vivió el escritor francés. Se entrega Proust a todos los personajes por igual, se encarna en ellos, dotando a su inmensa novela de matices incontables.


(continúa en el próximo número)

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