• Abel Guelmes Roblejo
    Del color de la luz

    Obsesión

    por Abel Guelmes Roblejo


Ya se lo decía yo, oficial, en ese tiempo me extrañaba muchísimo eso que salía en las noticias. En todos lados veía carteles y propagandas de que podían existir. “El buen vampiro, que si el vampiro es honrado, que el vampiro salvó a la joven de ser violada, que también es un alma de Dios”. Que hubiera un vampiro, eso lo podía pasar, que este sea bueno, ya está un poco apretado, pero, que haya un vampiro, bueno y en la Habana; eso sí que no lo podía creer. Me estaban echando abajo todo lo que desde pequeño creía de los de su especie. Bichos que en sus vidas no habían hecho nada que no sea chupar sangre. Parásitos. Así que me puse a seguirlo, solo a seguirlo. Tengo pruebas. Mire, ustedes tienen toda mi investigación.

El día, o mejor dicho, la noche tercera de seguir al sospechoso, este estaba parado sobre el techo de una casa y tenía la mirada fija hacia el edificio que quedaba al frente. En este se veían varios balcones cerrados, pero precisamente el vampiro estaba mirando hacia el quinto piso donde se veía el juego de fútbol en un plasma de 56 pulgadas. Esta es la mía, pensé, lo voy a grabar completo y quedaré como el héroe. Ladrón. Mientras estaba en mis fantasías, Víctor, que así se hacía llamar mi sospechoso, se lanzó al aire en un salto humanamente imposible. Cayó en el balcón del sexto piso. Yo seguía grabando. De pronto lo vi descolgarse y caer sobre una persona que iba saliendo al balcón en ese momento. Rápido como solo él puede ser, le tapó la boca con una mano y le clavó los dientes en el cuello. Unas voces se escucharon desde dentro de la casa. Víctor soltó a su víctima y se adentró en la habitación. Los gritos de terror me hicieron dejar de grabar, pero de todas maneras ya no veía lo que pasaba adentro. Llamé a la policía desde mi celular y me dirigí a dónde estaba Víctor robándole a esa familia. La puerta estaba abierta, comencé a grabar cuando vi al bicho ese sentado en el sofá con la dueña de la casa entre sus brazos. En las muñecas de ella se veían las marcas de las amarras. Vidrios rotos por toda la habitación. Suéltala, asesino, fue lo que me dio por gritar en ese momento. Sí, sé que no fue algo inteligente de mi parte descubrirme, pero nunca se sabe lo que va a hacer cuando los nervios traicionan. Pero la dueña de la casa me detuvo y para mi sorpresa, me agradeció que estuviera grabando para todo el mundo viera el tipo de héroe que Víctor era y cómo la había salvado de esos ladrones.

Pero contrario a lo que ella pensaba él no quería salir en cámara y de un salto salió del sofá. Agarró a los tres asaltantes y saltó del balcón. Cuando me asomé, ya Víctor no estaba a la vista. Al rato llegó la policía y la prensa. Les contamos lo sucedido y ellos nos informaron que ya Víctor había dejado a los delincuentes en la estación. Una periodista me pidió una copia de lo que había grabado; en lo que estábamos esperando a que se terminara de copiar, ella me dijo que opinaba lo mismo que yo, porque independientemente que él parara asaltos y otros actos de violencia, siempre los torturaba: les chupaba la sangre. A todos les faltaba alrededor de un litro. El muy cabrón disfrutaba el dejar casi muertos a sus víctimas. Ella se ofreció a pagarme por cada video que le diera y no me opuse, siempre pensando en cuánto vendería el que desmentía su “buen nombre”.

Al día siguiente apareció mi grabación en casi todos los noticieros y para más remate mi nombre en los créditos. Por la calle las personas me aplaudían y saludaban como si me conocieran o hubiera hecho algo sensacional. Lo peor era que pensaban que apoyaba al bicho ese. En cambio otras personas no lo apoyaban, sobre todos los que sus trabajos no eran muy “legales” que digamos. Me miraban con mala cara y me daban la espalda cuando me veían pasar. La cantidad de correos de personas y periodistas pidiéndome más videos de “mi amigo” me llenaba el buzón a diario. No importaba lo que dijera, me habían convertido en el mejor amigo de Víctor. Eso tenía que cambiarlo y rápido; así me lo propuse. Pero fue peor el remedio que la enfermedad.

Una noche lo vi corriendo por la calle quinta y le caí detrás. Grabé cómo saltaba encima de un hombre y le clavaba los dientes en el cuello. Luego observé que le quitó el bolso de los brazos y cuando pensé que lo había cogido con las manos en la masa apareció una anciana que resultó ser la dueña del bolso y víctima del carterista. En otra ocasión pensé que lo tenía por violador, fue cuando salvó a una muchacha dándole boca a boca. En fin, al parecer nuestro héroe era un parásito, pero no un asesino.

Con el descenso los asaltos en la Habana disminuyeron, se dedicó a detener robos en las instituciones estatales y por desgracia también lo grabé en supuestas buenas acciones. Yo sentía que había algo malo en él. Nadie es tan bueno así gratuitamente. Mi obsesión en desenmascararlo me costó mi trabajo y matrimonio. Y por parte de aquellos que no lo apoyaban: el odio hacia él y hacia mí (su supuesto amigo) crecía cada día. Sobrevivía solo a cuenta de lo que me pagaba la periodista por mis grabaciones nocturnas (y eso tampoco ayudaba en nada a mi mala buena fama)

Una noche en que detuvo a un par de violadores de cadáveres en medicina legal, me di cuenta de un detalle que se me había pasado por alto. A los dos, luego de clavarle los colmillos en el cuello, les puso algo que, desde la ventana en que me escondía, no pude ver bien qué era. Ahí mismo mis hambrientas neuronas comenzaron a funcionar. Si al misterioso aparatico le sumo, que en cada asalto que detuvo siempre se llevó consigo al asaltante y lo dejaba casi desangrado en la estación, la solución era simple: No era un asesino, sino que contrabandeaba con órganos y sangre hacia el extranjero. Quién sabe cuántos experimentos biológicos hacían, o quién sabe qué otras cosas locas de esas que se ven en las series. Ahí estaba la prueba de que no era ningún vampiro ni ocho cuartos. Mi alegría fue tan grande que la mañana siguiente revisé cada uno de mis videos y en casi todos veía lo mismo. Así que pasé varias noches más persiguiéndolo. Ya me había hecho un experto saltando de techo en techo detrás del bicho ese, claro, sin que me viera. Pero siempre se me escurría después de llevarse a sus víctimas. No sabía cómo hacía esto último, pero me dije que eso no era lo importante. A veces lo veía horas más tarde caminando por la calle con una mochila en la mano, de vez en cuando se detenía y entraba en algunas casas pero no podía ver que era lo que hacían adentro.

La noche que cambió todo fue en la que Víctor detuvo el robo en la pizzería de la esquina de 23 y 12 en el Vedado. Ese día luego de inmovilizar a los ladrones les puso aquella cosa en el cuello y se los llevó. Vi cómo buscaba algo por los techos, por suerte no me vio, esa vez yo lo sequía desde la calle. Detuvo su huida en el techo de la casa que queda frente a la esquina de 23 y 6. Con la agilidad que había adquirido en los meses de persecución, y la que quedaba de mi almuerzo me permitió, me subí al techo y lo vi. Le estaba extrayendo la sangre directo a unas bolsas. La cámara me temblaba en la mano, pero aun así no dejé de grabar. Esta vez había acertado. Nadie podía negar nada: el tipo era un farsante. Al terminar su faena saltó a la calle. Yo fui al techo donde dejó a los desafortunados ladrones para chequear sus signos vitales. Ellos se encontraban amordazados e inconscientes, las marcas de sangre aún se veían en su cuello. Yo grabé todo eso y seguí detrás de Víctor para ver el destino de las bolsas. Para mi sorpresa vi que se dirigió hacia el banco de sangre. Perfecto caso de corrupción, pensé, ahora si lo tengo. Llamé a la policía y me adentré por el pasillo lateral. Me asomé por una ventana que estaba iluminada.

—Anjá —dije emocionado cuando lo grabé dándole las bolsas de sangre a un enfermero y que a su vez le entregaba la mochila con la que lo había visto varias veces por la calle. Desde ahí se dirigía todo el negocio. Pues claro. Qué mejor lugar que ese para conservar la mercancía antes de sacarla del país. O peor: estaban infectando la sangre de los hospitales: Terroristas.
—Este es el fanático del que te hablé que me sigue todas las noches —le dijo Víctor indiferente al enfermero—.
—Siempre supe que estabas en algo, así que desde aquí es desde donde diriges tu negocio, corruptos.
—Siento mucho este malentendido, señor —me interrumpió el enfermero—, pero esto no es lo que piensa.

Y eso fue lo que pasó, oficial. Cómo iba a imaginarme lo que me dijo el enfermero. Nunca había escuchado de ningún banco de sangre con tratos con Víctor. Tampoco me lo podía creer. La policía llegó luego y me lo corroboró. Víctor tenía un problema de asimilación de la sangre, así que el banco procesaba una bolsa de cada cinco. Todo el mundo feliz. Todo el mundo menos yo. Me confiscaron la cámara. Me quitaron las grabaciones y me dijeron que no podía seguir más a Víctor. Me senté arrepentido en la acera. Las tripas me sonaban y recordé que no había comido nada en casi 24 horas. Pero solo pensaba que todo había terminado para mí, casi seis meses tratando de averiguar cuál era el negocio de Víctor. Tratando de destruir su buena reputación. Nunca pude descubrir su secreto porque nunca hubo uno. Pensando mal del pobre hombre. Centrado en mi remordimiento, sentí que alguien se me acercaba por detrás. Al girarme vi a Víctor que venía hacia mí. La misma mirada asesina que siempre aparecía en mis videos, el mismo caminar prepotente. No pude moverme del miedo. Se sentó al lado mío me acercó la bolsa que le dio el enfermero y me dijo:

—¿Quieres comprar una merienda?
—Se lo digo, oficial, ese tipo está en algo raro.

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