• Edith Getzmi
    UNIVERSO DE LETRAS

    GNOMOS TIERNOS

    por Edith Getzmi


Desde una perspectiva humanitaria la aparición de una niña dentro de la familia debió haber sido gozosa, eso habrá de suceder algunas veces tal vez en cuentos de hadas; más no en ese mi momento histórico no al menos en la realidad que me tocó asistir.

La niña en cuestión por asuntos que os contaré en cuentos más adelante, solo tenía por nombre el concepto mismo: Niña, o si acaso, La niña. Así que creció como un ser indeterminado, sin nombre propio, carente casi de identidad. De manera que ella resolvió hacerse de una: la Niña de los cuentos de hadas. Todo sucedió desde aquella tarde de verano que asfixiaba dentro de las habitaciones grandes silenciosas y oscuras. Después de la lluvia subía la bruma entre los helechos hacia los árboles que goteaban impertérritos al dolor y las infantiles lágrimas.

Sucedió que en una tarde, una más de aquellas cuando después de haber cumplido los deberes obtenía como premio un exilio parcial en la casa de sus abuelos donde hacia cataplasmas de lodo que calmaban el ardor de los golpes recibidos; además le placía de sobremanera salir a jugar al patio después de llover, en plena soledad, sin más acompañantes que las gotas de lluvia que caían de los árboles, arrojadas al suelo suavemente como lágrimas contenidas, tal como lo sentía sobre sus mejillas húmedas y adoloridas por las bofetadas que mamá le había infringido durante la mañana, o ¿por la tarde anterior? Eran los golpes tan frecuentes que la secuencia era lo que menos le importara. Cuando la violencia toca la cara de una niña se tiende a olvidar el número de veces que arde la cara, aunque la sensación de la vergüenza adolorida, ese ardor candente, el sabor de la impotencia ante el insulto, ante el golpe recibido sobre la minúscula cara infantil nunca se olvida y puede más que cualquier postrer beso, pues la violencia materna es el mal mismo que flota atemporal pudriendo paz y bien. Digerir el desamor y el rechazo ejercido por quien debiera amarte es como ser marcado en un campo de concentración privado, herrado candente en la piel, el alma y los ojos para siempre; pues así como no hay nada que supla el amor de una madre, también nada supera el dolor infringido por la violencia materna. La Niña sabía que el amor existía pero solo en teoría, como en los cuentos de hadas, pero que en la realidad no sucedía… mamá solo paliaba, pero no nunca le amaría.

Aprovechando la hora de la siesta escabulló a las criadas y salió de la casa por el pasillo que venía de la cocina, miró el camino que se abría frente a ella entre los árboles del patio, caminó descalza pisando de puntillas sobre la yerba húmeda, hasta llegar a los límites donde la vegetación se tornara umbrosa para sentir la tierra y hundir los pies blancos en el lodo no sin antes contar los años que tenía vividos… cabían dos veces, una vez en cada pie, uno por dedo, y ya pesaban, ya cinco años eran muchos. Se sentó en un rellano de simulado cojín pétreo y justo cuando se disponía a llamar a su Ángel custodio, de pronto algo llamó su atención hacia las plantas entre la hojarasca alguien se escurrió y trato de esconderse entre piedras y pared. No estaba el perro Toy ni el gallo Capitán, y las gallinas huyeron presurosas agitadas para ocupar sus posiciones de doméstica vigilante rutina.

Niña aclaró la garganta dejándose caer de rodillas entre la yerba, fue entonces cuando aparecieron frente a su asombro infantil pequeños rostros de diminutos seres asomándose de entre los macetones y raíces torcidas y verdosas que salían del suelo. Uno de ellos, el más joven de aspecto le miraba atento desde su escondrijo donde temeroso contenía el aliento; mas allá se advirtió otro más, un viejo que sentado en una piedra prefería ignorarle y con actitud de sabio griego respiraba lento. Pequeños seres de ropas extrañas, de gorro puntiagudo y curvado como en los dibujos de Rien Poortvliet, de barbas luengas y pequeñas que parecían salir de entre las yerbas y al pardear de la tarde merodeaban, eran pocos sin embargo le parecieron ideales para llorar entre ellos. Dejó caer su rostro y de rodillas lloró sin importarle que le vieran. Cuando abrió los ojos todos se habían ido… dejándole una florecita morada a sus rodillas y la fresca sensación de un beso en la mejilla. Se hacía de noche suspiró y sintió mejor, ligera y aliviada aunque sabía, que ser amada y vivir la paz solo en los cuentos de hadas sucedía.


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