LA WEB de la ARTRITIS REUMATOIDE
  • Alfonso Estudillo

    EXPERIENCIAS

    EL AUTOR Y SU ENFERMEDAD (2)

    por Alfonso Estudillo

1994-1996

Inmediatamente después de aquel análisis que demostraba que padecía artritis reumatoide (esto ocurría a primeros de 1994 y tenía justamente 45 años), me fui a mi médico de cabecera -mi admirado y muy querido amigo Dr. Jesús Martín Almeida-, que, aunque ya la enfermedad y su diagnóstico eran evidentes, comenzó mandándome los correspondientes análisis de sangre y orina para precisar el diagnóstico antes de enviarme al especialista. Naturalmente, también me recetó un primer tratamiento que se componía de una toma diaria de un corticoide (deflazacort) -durante un tiempo limitado-, un antiinflamatorio (AINE) y un protector para el estómago (Omeprazol). Además de ello, un analgésico (paracetamol) y un tranquilizante (flurazepan) para ayudarme a conciliar el sueño por las noches.
 
Por aquel entonces comenzó a agudizarse el dolor en las manos, sobre todo por las mañanas, dolor que llegaba a extremos de impedirme poder efectuar cosas tan elementales como peinarme, abrir un grifo o subir una persiana -entre otras muchas-. También comenzaron a formarse unos bultos (nódulos subcutáneos parecidos a tofos) en alguno de los nudillos de ambas manos, y otro más grande cercano al codo del brazo izquierdo. Las crisis dolorosas generalizadas, en brazos y hombros, piernas y pies, las caderas, el tronco, el pecho, etc., también fueron aumentando en frecuencia y en intensidad, y, aunque los medicamentos reseñados conseguían paliar en parte el dolor, cada crisis me causaba una imposibilidad casi total para el ejercicio de una vida normal.
 
La visita al especialista en Reumatología se resolvió -como era de esperar- con una auscultación exhaustiva, analítica general y radiografías de manos, pies y tronco. A la vista de los resultados, el reumatólogo dispuso que siguiera un tratamiento muy parecido al que ya seguía, si bien, a lo largo de los dos o tres años siguientes, como no siempre era el mismo doctor el que me atendía en mis visitas de cada seis meses -y cada uno de ellos aplicaba sus propios criterios-, se hicieron pruebas diferentes, cambiando los corticoides por medicamentos como el Metotrexato, Meloxicam, Leflunomida, Cloroquina, antiinflamatorios de todos los tipos... y algún otro que no recuerdo. También, a indicación de uno de los reumatólogos, me sometí durante unos meses a las pruebas de un nuevo medicamento (creo recordar que era una mezcla de antiinflamatorio y corticoides) que unos laboratorios norteamericanos pretendían introducir en España.
 
Ninguno de los diferentes tratamientos con los nuevos fármacos conseguían mejorar el cuadro de dolores e incapacidad, sino que, más bien, me producían efectos secundarios tales como fuerte opresión en el pecho, dolores de cabeza, vértigos, sensación de angustia vital, etc. He de confesar que yo seguía meticulosamente cada uno de los nuevos tratamientos durante todo el tiempo que podía, si bien, tras algún tiempo, al observar que los resultados no eran los esperados y que se apreciaban esos otros efectos secundarios, como me resultaba imposible continuar tomándolo hasta la siguiente visita al especialista (éstas eran cada seis meses), lo dejaba a un lado y proseguía con el de corticoides y antiinflamatorios.
 
Durante estos años seguí esta política de cambios de uno a otro tratamiento sin obtener ninguna mejoría apreciable. Las crisis eran casi continuadas y los dolores cada vez más insoportables. Las noches, además, eran un suplicio añadido por la total imposibilidad de dormir. En ese tiempo noté que a los dolores propios de la enfermedad se le añadían otros como dolores de estómago y abdominales, que -estaba seguro- venían producidos por la continuada ingesta de AINEs. Estos otros dolores, a diferencia de los propios de la artritis, que se sobrellevaban aplicando muchísima resignación, causaban (no sé por qué) un terrible mal carácter que me hacía estar cada minuto del día y de la noche dándome a todos los diablos. Naturalmente, quienes más lo sufrían eran mi mujer e hijos que tenían que soportarme.
 
Ya, hacia 1995, tuve una perfecta conciencia de que mi vida había cambiado irremisiblemente cuando, una mañana muy temprano, aunque cojeando por el dolor que se me había presentado la noche antes en el pie y tobillo izquierdo, al subirme al coche para ir a recoger un premio de Narrativa que había conseguido en Asturias (ya a estos viajes -que hasta entonces habían sido bastantes- iba preparado con una bolsita con los diferentes medicamentos), vi que no podía pisar el embrague porque el dolor me lo impedía. Lo intenté repetidamente, con furia, con unas ganas tremendas de no verme vencido, pero para nada: el dolor impedía hacer la fuerza necesaria. Me convencí de que era imposible. Recogí el portafolios y la maleta, cerré el coche y me volví para casa. 
 
Mientras subía a casa -era temprano y en las escaleras no había nadie- la realidad se me fue imponiendo con toda su crudeza... Y lloré. Lloré de rabia, de impotencia, de ver que en lo sucesivo aquello mismo ocurriría más veces y me impediría proseguir con las metas propuestas, con mis sueños y realidades en mi, hasta ese momento dura pero exitosa, carrera literaria (llevaba ganado unos doscientos premios literarios en Novela, Narrativa, Poesía y Periodismo).

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