La Web de ANABEL
  • CUENTOS Y RELATOS

    A SOLAS CON SU NOMBRE

  • “Nada es así. Nunca nada es así”. Aurelia llevaba una bolsa entre sus manos y la estrujaba nerviosamente. La penitencia que le habían puesto era muy superior a la que ella podía llevar. El sacerdote ni siquiera se había indignado, ni le había mando rezar unos cuantos Padrenuestros ni doce Salves. Sólo había cabeceado, con infinita pena, y le había repetido varias veces esa frase que Aurelia no quería oír. “Nunca es así. Nunca nada es así”. No había querido castigarla más. Esa mujer ya tenía bastante.

    Otras veces el olor penetrante del incienso y el dulzón de los nardos algo marchitos tenía la virtud de sosegarla. Aquella lluviosa mañana, ni la humedad que exhalaba el templo ni el silencio en el que retumbaban sus tenues pasos ni siquiera el titilar de las velas, la sacaron del ensimismamiento. Cruzó el pasillo lateral, hizo una genuflexión breve y mecánica y salió a la calle. No llevaba paraguas y tuvo que correr bajo los soportales antes de llegar a su casa. Vivía cerca de la iglesia; pero el agua no distingue de cercanías y la caló hasta los mismos huesos. En la portería se sacudió las gotas de su pelo como deben hacer todos los perrillos del mundo y saludó con un gesto distraído a la portera. Doña Serafina fingía estar atenta separando las lentejas para la comida; aunque la escrutó con sus ojos color ceniza que, de tan transparentes, parecían no ver.

    Subió los tramos de escaleras que la separaban de su casa, de su refugio. Apenas pudo meter la llave en la cerradura y, cuando consiguió atinar, entró y cerró con todas sus fuerzas. Ya estaba a salvo.

    Su nombre sonaba a campanillas y tenía casi todas las vocales: A U R E L I A. En el colegio, mucho tiempo atrás, eso había causado sorpresa entre sus amigas y ella siempre estuvo muy orgullosa de llevarlo. “Aurelia”, la llamaba su madre. “Aurelia”, la llamaba su padre. “Aurelia”, la llamaban sus hermanos. Una maestra le contó que era un nombre ilustre y, desde entonces, se creyó portadora de un secreto que se moría por desvelar a sus amigas. “Aurelia, chica, ni que fueses la reina de Persia”, le decían muertas de envidia porque ella era la más guapa, la más hermosa de todas y porque su nombre empezaba y acababa con A, la vocal más abierta y luminosa, la más feliz. Nadie, sin embargo, prestó atención a sus teorías durante mucho tiempo. Crecieron y el tiempo todo lo trastocó. Aurelia entró a trabajar en una oficina y, al principio, copiaba las cartas a mano con una preciosa caligrafía: “Muy señor mío, y tal y tal y tal”.

    Después pasó a manejar la máquina de escribir -manual y electrónica- y aprendió a teclear con mucha soltura.

    Últimamente se había iniciado con el ordenador; aunque en su casa ya nadie la animaba porque se había quedado sola. Ya no resonaba el Aurelia de su familia. Acaso, alguna vez, por teléfono, sus pocas amigas la invitaban al cine -cada vez menos porque se iban casando muy deprisa-, o sus primos lejanos la felicitaban por Navidad. Su nombre sólo lo pronunciaban las compañeras de trabajo, la portera, algún vecino y el sacerdote. Aurelia ya no sonaba a fiesta, sino a olvido y desesperanza. Habían pasado tantos años que no sintió un estremecimiento en las carnes cuando ocurrió.

    Había archivado tan hondo sus fantasías que confundió el escalofrío que le brotaba del estómago con una corriente de aire. Él la llamó por su nombre, como si la conociera de siempre: “Lo he leído en el buzón. Tiene un precioso nombre, señora Aurelia”. Quería venderle un robot de limpieza. Ella sonrió porque su casa era muy pequeña. insistió él y le hizo una demostración práctica. La gata que siempre dormitaba sobre uno de los sillones del comedor pegó un brinco y dio un respingo del susto. Eso los hizo reír a los dos y, sin darse cuenta, se encontraron unidos por la risa. La máquina funcionaba bien y él le enseñó todos los utensilios y formas de limpiar para ahorrarse tiempo. Aurelia ya no lo escuchaba. le miraba las manos y pensaba y trataba de identificar eso que estaba empezando a sentir. “¿Se la queda?”

    Tuvo un momento de lucidez y le respondió que tal vez, pero que necesitaba familiarizarse con ella. “Bien, bien. No se preocupe usted. Se la dejo y paso dentro de dos días. Seguro que se la queda”. Firmó en un papel y él le entregó un albarán rosado y una tarjeta. El vendedor se llamaba J. R. Cuando se fue, Aurelia se sorprendió inventando nombres: Juan Ramón, José Rodríguez, Jaime Rosas, Jorge Ruiz... No estaban igualados porque ella era Aurelia con a al final; pero ¿y él? No empleó más  la máquina. ¿Para qué asustar a la gata de nuevo si nadie iba a reírse con ella? J. R. volvió e hizo gala de todos sus atractivos de joven vendedor. Intuía que esa mujer madura no quería la máquina, sino otra cosa y él no estaba muy seguro de poder dársela; pero no le quedaba más remedio que manejar bien la situación si quería tener buenas ganancias: había que colocar el armatoste, fuese como fuese. Además, le gustaba la casa y Aurelia parecía tan frágil que bien podría charlar con ella un rato más.

    Pasearon algunas tardes. Se encontraron para comer un par de días y el vendedor resultó llamarse Andrés -J. R. era el nombre de la empresa-. También cenaron juntos y fueron al cine. A la salida de la segunda película, Andrés la rodeaó con sus brazos y, tras la quinta comida, rozó un momento sus labios con los de ella. El otoño estaba en todo su esplendor. Era hermoso pasear con él bajo los plataneros de la avenida. Las grandes hojas como manos les caían sobre la cabeza o se enredaban entre el empedrado y los pies. incluso la lluvia era fina si él la cubría con sus paraguas. Su nombre volvió a sonar como campanillas nuevas.

    Una tarde algo más desabrida que las otras, cenicienta y gris, Andrés la condujo del brazo, entre calles y callejuelas, a su casa. ya era hora de que supiera dónde vivía y que viera lo limpio que tenía el piso gracias al robot que ella iba a comprar. Sonrió, Aurelia. El piso era más amplio que el suyo y, en verano, recibiría la claridad del sol; aunque, aquella tarde, oscura y desapacible, tuvieron que encender la luz. Aurelia no supo explicárselo; pero Andrés sí. Tenía prisa.

    Todo transcurrió en un momento. No era lo que estado esperando durante todos esos años. No era como lo había leído en las novelas rosa ni cómo lo había imaginado en sueños inconfesables. Andrés apenas la acarició, apenas la miró, apenas la nombró. Afuera, la lluvia arreciaba y, con la cara vuelta hacia la ventana de su dormitorio, Aurelia pudo ver grandes gotas que bajaban y se perseguían y los corrillos que hacía la lluvia mezclada con el polvo de los cristales y supo que su nombre volvería a ser triste y más olvidado que nunca. Nadie la ayudó a vestirse. Andrés la esperaba viendo la televisión. Lo miró y quiso soreírle. Él parecía ajeno a todo. “Cuando pare la lluvia, te acompaño a casa.

    Siéntate conmigo un rato”. No volvió a saber nada de él. No pudo. Aurelia-tristeza, Aurelia-musgo, Aurelia-otoño se precipitó hacia abajo y se encerró en su casa. Aurelia-olvido, Aurelia-deseo, Aurelia-desdicha acarició el lomo de su gata y lloró. Más tarde, devolvió la máquina limpiadora y la tarjeta que no quiso guardar. Llamó al trabajo y puso la primera excusa en casi 20 años. Estaba enferma. Se dispuso a asistir al velatorio de sus deseos. Algo muy hondo se le marchitó y volvió gris. Ahora sí que había perdido su nombre. Ahora era Aurelia-ácida, Aurelia-agonía, Aurelia-angustia, Aurelia-absurda. Al tercer día fue a la oficina y una risa la sacó del vacío. “¡Pues sí que estás tú buena...!”, y su compañera de mesa la miraba con ironía. La pantalla del ordenador estaba insensible, no parpadeaba; pero ella escribía un nombre que nunca iba a aparecer porque no lo había querido conectar. Al fin, fue a ver al sacerdote. En la iglesia encontraría su nombre. Allí nadie la señalaría y el sacerdote le susurraría palabras de consuelo y perdón, como cuando murieron sus padres, como cuando sus hermanos se fueron al extranjero, como cuando se quedó sola. Quería que el sacerdote la regañase, que la hiciese sentirse niña de nuevo, para poder soñar con su nombre puro otra vez.

    “Nada es así. Nunca nada es así”, le dijo el sacerdote. Y ella, Aurelia-lluvia, Aurelia-barro, Aurelia-noche, tuvo que volver a su casa a solas con su quimera, a solas con su derrota y con su nombre.



    (Primer Premio II Certamen Literario de la Biblioteca de Salou, 1996)





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