La Web de ANABEL
  • CUENTOS Y RELATOS

    CÓDICE AEMILIANENSIS

  • Los gallos querían amanecer y cavaban con sus cantos la mañana. Aún no se filtraban los reflejos de la aurora por el ventanuco, cuando, cansado de no poder dormir, se levantó de su jergón de paja y se vistió el hábito de ruda estameña para entrar en calor. Antes de que sus compañeros se aprestasen a la disciplina cotidiana y lo llamasen para compartir sus oraciones, él quería revisar unos textos para poder exponer un aspecto oscuro de la tercera declinación a sus discípulos. Todavía duraba la hora del Gran Silencio y faltaba un buen rato para que la comunidad iniciase su rutina diaria.

    Era muy reducido el grupo de muchachos que acudían cada mañana, antes del Ángelus, envueltos en pellizas de oveja y con sabañones en los dedos, a que él les enseñase, con obstinación de viejo maestro, una lengua ajena a su mundo y que hacía varias décadas se había refugiado, sólo, en los conventos.

    Llevaba años preguntándose qué era lo que explicaba y si lo iban a poder aplicar esos chicos ya que apenas se parecía, en algún término, a lo que ellos hablaban con sus padres, ni a lo que el fraile despensero apuntaba en su libreta de raciones, ni a lo que él mismo escribía en sus horas libres para distraerse. “Ya está bien -se dijo-. No es momento de dudas que el demonio las siembra para tentarnos”. Cuando acabó de corregir los cuadernos, recordó a su alumno más aventajado. Era un pequeño cristiano, moreno y listo que quería aprender porque sus padres le habían dicho que sólo así saldría de la miseria. Por eso, él le enseñaba y haría todo lo posible para que ingresara en su orden. Servir al señor desde la vida contemplativa era menos incierto que hacerlo desde la audacia de las armas. Podría empezar siendo su amanuense. Necesitaba ayuda. Le pesaba subir los escalones y las cataratas creaban sombras en sus ojos glaucos. Los tiempos estaban cambiando deprisa y él ya ni podía hacer solo su trabajo. Había envejecido rápidamente. Todos los días escribía un poco; pero, por las noches, en invierno, anochecía tan rápido que apenas podía revisar las letras que le bailaban sin parar. La luz del velón alumbraba de forma incierta y las tinieblas cubrían su cuarto antes que acabase su imaginación. Era un oficio pesado el de clérigo, muy pesado. Por eso, definitivamente, sí, necesitaba ayuda.

    Fray Zúñiga de Alcántara seguía siendo el maestro justo y riguroso que anotaba, con su pulcra letra de copista, los márgenes de los cuadernos de sus alumnos. A veces era necesario escribir una glosa para que captasen bien la idea. No le parecía muy científica esa práctica; pero había acabado por aceptarla como tantas otras cosas. “Los cambios, los cambios sólo nos traerán desgracias” -musitaba para sus adentros. Aquella mañana hacía más frío que de costumbre y de su boca de adolescente salían nubecitas heladas que el tosco pañuelo de lana no podía apresar. No entendía por qué sus padres insistían en que aprendiese; pero lo hacía con la determinación de rudo campesino que llevaba en la sangre. Si sus padres lo decían, tendrían razón, como siempre. Aunque le parecía un esfuerzo extraordinario el cruzar por entre las cañadas y los parajes solitarios hasta llegar al convento, medio colgado de una peña. Menos mal que, por el camino, se encontraba a otros muchachos que, como él, llevaban los pies envueltos en trapos y los dedos liados en un pedazo de cuero curtido.

    Los pobres chicos formaban una peregrinación casi mágica. Parecía que fuesen a expiar alguna culpa porque apenas avanzaban entre la escarcha que caía y la fina capa de hielo que detenía sus pasos. Cada semana, uno de ellos traía algún huevo o manteca o un saco de trigo o, en el mejor de los casos, una gallina viva. Era la contribución de sus padres, aunque iba disminuyendo porque los tributos al señor y a la Iglesia habían aumentado tanto que apenas sí podían vivir. Los pobres frailes del convento sabían que a los progenitores de sus estudiantes se les iba todo en los diezmos que ellos no conocían porque su orden no era de las más protegidas ni ricas; pero, mientras pudiesen seguir viviendo, no abandonarían el lugar. Por eso, fray Zúñiga de Alcántara seguía enseñando, sin importarle si le ofrecían una docena de huevos o sólo seis. Él había nacido para instruir, no para contar provisiones.

    No era eso lo que más inquietaba al fraile, sino el futuro de esos chicos. Él había vivido una época tranquila en que cada cosa estaba en su sitio; pero ¿y ahora? le fastidiaba tener que transigir y hablar con ellos en ese dialecto bárbaro del pueblo. Hacía tanto tiempo que había ido desplazando a la Sagrada Lengua de la Eucaristía que no sabía explicarse cómo aún ésta podía perdurar. Aquel día repasarían pasajes bíblicos para infundir respeto y aun temor por la palabra de Dios.

    El muchacho, a una indicación del fraile, se dispuso a declamar, una tras otra, la lista de palabras bien declinadas que aquél le preguntaba. Después, fray Zúñiga de Alcántara inició un discurso para explicarles lo pernicioso que era confundir las lenguas ya que eso sólo conduciría a una babel sacrílega. Entonces, el joven no pudo evitar pensar en sus padres y hermanos y en los términos que ellos pronunciaban y que no se parecían en nada a los del buen fraile: no entendía por qué se obstinaba en anotar los distintos vocablos con su hermosa caligrafía, para que ellos no los olvidasen; pero ¿qué más daba? El trigo era trigo igual y la cosecha sería tan mala como la del año pasado; los gatos maullaban desde el principio de la Creación y los peces vivían en los ríos como cintas de plata... fuesen nombrados con esa o con aquella palabra. ¿Y qué más daba? Los domingos, en misa, nadie entendía el sermón y sólo podían captar el eco, el sonido de las voces del sacerdote que se confundía con ese Cristo enorme, con los brazos extendidos, que miraba, desde las alturas, inspirando respeto y miedo. ¿Para qué servía aprender esa lengua si nunca la iba a utilizar?

    Fray Zúñiga de Alcántara tenía motivos para sentirse desorientado. No ignoraba que la unidad era imposible y sabía que, más allá de su pueblo, se extendían otras lenguas tan vulgares como la que él conocía. Sin embargo, cincuenta años de creer en algo no se borran de la noche a la mañana y él estaba convencido de su misión en la tierra: salvar a los villanos de culpas, edificarlos... empezando por desasnar a sus hijos...; sí, pero ¡qué pensaba el cristiañuelo? Lo había visto sonreír sin motivo. Era un muchacho extraño; muy aplicado y diestro, amable y obediente; aunque sin interés por nada de lo que hacía..., por nada no, claro. Aún recordaba el día en que los juglares se plantaron en la Plaza Mayor y ofrecieron un espectáculo endemoniado de vicio y corrupción. El joven moreno estaba también allí y parecía, esta vez sí, muy interesado. Señor, quería olvidarlo; aunque los ojos del niño se lo hacían recordar: eran oscuros como el vino negro con que se había obsequiado al juglar.

    Desde que ingresó en la orden le encargaron la misión de copiar textos y él se había aprestado a obedecer con mansedumbre. Hora a hora derramando sobre el papel surcos de letras. Otros frailes pintaban, otros leían en voz alta y, los menos dotados, recogían las hortalizas y cocinaban las escasas viandas. También así se honraba al Señor. Él escribía en sus ratos libres Vidas de Santos con las que quería edificar a su pueblo. Tal vez así saldrían también de la ruina porque las gentes traerían presentes y, poco a poco, se formarían peregrinaciones para escuchar sus consejas. Se mostraba soberbio por pensarlo y ése era su único pecado, que le hacía sufrir mucho; pero es que no podía consentir la perversión en sus alumnos. Él escribía derecho y con rima. No quería que fuesen renglones ajuglarados; aunque, no sabía el porqué, no le parecía pecaminoso ofrecer un vaso de buen vino al caminante cansado. En ello no había ningún mal.

    Los chicos ya estaban inquietos porque ese día se había dilatado demasiado la lección y sus padres los aguardaban con mucho trabajo. La dio por terminada y esperó a que los muchachos, en ordenada fila, le besasen la mano. Él les acariciaba la cabeza y les daba la bendición. Siempre sucedía igual. Luego los miraba salir y los seguía, durante un buen rato, hasta que se perdían en el camino. formaban toda su obra y no los iba a dejar solos. Cuando se acercó el cristiano avispado, lo retuvo unos instantes y le hizo recitar un fragmento de Cicerón. Sabía que, tras cruzar la puerta, llegarían los empellones, las risas y algunas irreverencias; pero le gustaba ejercitarlos de esa forma. Al fin, le pidió que iniciase la oración de despedida y, cuando el chico empezó, todos se unieron a él y sus voces eran hermosas y transparentes. ¿Qué estaban declamando? No era un fragmento del devocionario, no era un Paternóster, no era un Salmo... sino una de esas traducciones bárbaras que, a veces, él usaba como modelo de clase.

    Fray Zúñiga de Alcántara se vio a sí mismo rezando en ese romance acalambrado que acabaría por hacerle perder su papel de maestro. No dijo nada y se limitó a bendecir de nuevo a sus alumnos; después se alejó por el pasillo del claustro hasta la  capilla y allí su voz  pronunció un viejo rezo que siempre había querido ocultar porque creía que nadie debía conocer que su padre fue un pobre campesino, hijo y nieto de campesinos pobres, y que él había aprendido, como esos muchachos, entre heladas y pescozones, y que su madre, a la luz de una pobrecita lumbre, le hacía rezar esa oración que sólo ahora recordaba, en su total nitidez, tras medio siglo de silencio. Y su voz era la misma que la del pequeño cristiano, nueva y pura como un capullo de rosa, cuando elevó sus palabras al cielo:

    “Con ayuda de nuestro Señor Cristo Salvador, que tiene honor y el mando con el Padre y el Espíritu Santo por los Siglos de los Siglos. Dios Todopoderoso nos conceda servirle de tal modo que gocemos de su rostro. Amén” (1).

    Fray Zúñiga de Alcántara, con el pecho apretado por la emoción, entendió, después de todo, que los tiempos empezaron a cambiar antes de que él naciera y que no era bueno nadar contracorriente. Sí, su alumno aventajado, tal vez, sería un buen antídoto para esos juglares y él le enseñaría a componer versos rectos y rimados en lengua romance como los de un buen clérigo.

    (1). La oración transcrita forma parte de las Glosas Emilianenses, del S. X, consideradas como el primer texto escrito en romance castellano.

     

    (incluido en De una voz plural, Librería Fuentetaja, 1994)





volver      |      arriba

contador

BIOGRAFÍAS    |    CULTURALIA    |    CITAS CÉLEBRES    |    ARENA Y CAL


Islabahia.com
Enviar E-mail  |  Aviso legal  |  Privacidad  | Condiciones del servicio