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  • BIOGRAFÍAS - VOCES AMIGAS

    GUSTAVO HERNÁNDEZ BECERRA

  • Gustavo Hernández BecerraGustavo Hernández Becerra nació en Bogotá, Colombia, en 1955, y reside en Tarragona, España, desde 1978. Primero estudió Magisterio y, posteriormente, se Licenció en Filología Hispánica. En la actualidad se dedica a la docencia en el IES Vila-seca, de esta misma localidad, también en Tarragona. “En cualquier caso –matiza con cierta ironía-, hace una década tenía 41 años y un solo hijo; ahora tengo 51 y dos hijos. Y hace diez años trabajaba por mi cuenta. Después de eso, trabajé para el Consell Comarcal del Tarragonès, para la Empresa Municipal de Transportes y volví al Diari de Tarragona como redactor. Finalmente, hace dos años abandoné el periodismo activo para dedicarme a la enseñanza de lengua y literatura en Secundaria, algo que había descartado por completo.”

    En cuanto a su labor como escritor, nos dice que “Empecé a escribir y a publicar desde que tenía unos veinticinco años. Los primeros escritos fueron colaboraciones en una revista gratuita. Más adelante, me vinculé al Diari de Tarragona como redactor, y allí escribí de todo. Pero, en lo que se refiere a narrativa, debo decir que, tras muchos intentos fracasados en mi época universitaria, comencé a plantearme en serio la escritura a partir de los treinta y tantos años. En este sentido, debo reconocer que soy un escritor tardío y, además, perezoso. Sin embargo, ahí voy, poquito a poco.”

    Gustavo Hernández también ha trabajado, pues, como periodista y publicista. Es un escritor de obra atractiva y con unas características particulares que trataremos de analizar a continuación. Fundamentalmente escribe prosa y ensayo o reflexión periodística, como prefiramos. Él es muy consciente de ello y asevera que, “como es obvio, por mi carácter de narrador, mi género favorito es la novela. Sin embargo, soy un admirador profundo de la poesía y de los poetas. Creo que la poesía es la máxima expresión del lenguaje y a los poetas los considero verdaderos iluminados. Desafortunadamente, yo no tengo ese don. Soy incapaz de escribir un verso sin que suene ridículo. El teatro también me atrae mucho.” Por lo tanto es en el relato y en la reseña periodística donde, como ya estamos diciendo, destaca nuestro autor.

    Así, no es de extrañar que el que fuera director de “El Diari de Tarragona”, Antoni Coll, prologara “Los días del tragaluz” y escribiera, entre otras palabras, las siguientes: "Llevaba poco menos de tres meses en la dirección del periódico, cuando me llegó una carta de un joven colombiano que se ofrecía para colaborar. Estaba tan bien escrita que pensé: Si es capaz de escribir así, es capaz de escribir cualquier cosa."

    Gustavo Hernández BecerraEste escritor colombiano que hoy nos ocupa ha publicado ya cuatro libros –tres de narrativa y uno de crónicas periodísticas- y su mundo literario es tan atractivo que merece la pena que sus textos lleguen todavía a más lectores. De ahí este breve estudio en el que, constantemente, acudiremos a sus palabras puesto que tenemos la suerte de que haya querido colaborar con nosotros y ya sabemos lo difícil que es, a veces, averiguar las claves narrativas de los escritores. Gustavo Hernández nos lo pone fácil. Así afirma que escribe porque: “porque tengo la pretensión, seguramente vana, de conseguir que mis textos provoquen en los demás las mismas o parecidas sensaciones a las que yo experimento cuando leo textos de grandes autores. Es decir, escribo por pura envidia. Admiro y envidio el poder de la palabra en cualquiera de sus manifestaciones. Además, la escritura es un oficio en el que estás luchando continuamente con tus propias limitaciones y en el que dudas constantemente. Esto hace que te tengas que superar, que te enfrentes a tus ignorancias, que investigues sobre muchos temas y, sobre todo, que profundices sobre la utilización del lenguaje. Escribir es intentar conocerte a ti mismo y a los demás, es preguntarte cosas sobre lo que observas, sobre lo que imaginas, sobre lo que inventas… Por supuesto -salvando todas las distancias con el premio Nobel-, como García Márquez, escribo para que me quieran. Otra razón importante por la que escribo es porque no sé hacer otra cosa. Y no es que piense que lo haga bien, sino que las otras cosas se me dan peor.”

    Gustavo Hernández Becerra es de una modestia impagable en este mundo de divos, famosos y otras especies en que cualquiera puede escribir y publicar y ya se considera escritor por ello. En muchos de sus relatos e historias, como veremos, con ese sentido del humor que tiene tan característico se encarga de poner en su sitio a cada uno de los pequeños genios que piensan serlo y que sólo son pobres personas con un montón de limitaciones. No cree demasiado en los concursos literarios y apostilla cuando se le pregunta que opine de los mismos que “en un principio eran el modo para que algunos talentos desconocidos se dieran a conocer, y ahora son una herramienta más de marketing en el cada vez más complicado mundillo editorial y cultural. Pero, en cualquier caso, son un estímulo para que mucha gente se anime a escribir y para que se hable de los libros. Así que bienvenidos sean. La lástima es que no me los den todos a mí, aunque no me presente”.

    Nuestro escritor ha colaborado en prensa, aunque, como leemos en su página web: “En efecto, Gustavo Hernández se coló en el periodismo como escritor de columnas de opinión, y luego como redactor, oficio en el que hay que enfrentarse a todo tipo de textos y de situaciones. Por un cierto cuidado hacia los textos y una cierta torpeza con las situaciones, sus compañeros de trabajo lo han visto siempre más como escritor que como periodista. Algo de razón hay en ello, pues el autor ha abandonado el periodismo en dos ocasiones. Tampoco es que se haya prodigado mucho como escritor: tiene apenas cuatro libros publicados. Sin embargo, su aspiración es la de seguir deambulando, aunque sea muy despacio y a ciegas, por los difíciles e imprevisibles caminos de la creación literaria”. Él mismo nos dice: “ soy más narrador que cualquier otra cosa -más narrador que periodista, por ejemplo, a pesar de que el de periodista ha sido mi oficio durante muchos años, un oficio que es el que me ha dado acceso a la escritura y a las publicaciones-.”


    EL AUTOR VISTO POR ÉL MISMO (“Un falso tímido como yo”)

    Gustavo Hernández BecerraEl 17 de abril de 1997, cuando presentó su primer libro, “Inventario en domingo”, Gustavo Hernández explicó una serie de elementos que tienen que ver con su vida y con su obra. Hoy, en esta sección, retomamos lo que dijo y lo transcribimos íntegramente porque pensamos que, a quien no conozca aún la obra de este autor singular, sus propias palabras le darán el espaldarazo seguro. Dijo entonces –y diría hoy también-: “Como algunos de ustedes saben, nací en Bogotá, Colombia, en una fecha de la que cada vez prefiero acordarme menos. A los veintidós años viajé a España y por una serie de circunstancias raras fui a parar a Reus, durante tres meses, y después a Tarragona. Desde entonces casi no me he movido de esta ciudad, aunque, siempre me he preguntado qué hago aquí. Pero esta es una pregunta poco original. Se la puede hacer cualquier persona respecto cualquier lugar, haya nacido o no en él.

    "Creo que poseo el virus, no sé si congénito o adquirido, de la perplejidad ante las cosas, y desde esa actitud he sido fabricante de cometas, fotógrafo, dependiente, vendedor, cajero de supermercado, periodista, editor de revistas, publicista y productor de audiovisuales. He ejercido de pequeño empresario, aunque eso de pequeño empresario prefiero calificarlo más bien como... de profesional liberal. Lo que ocurre es que mi profesión es tan liberal que no sé exactamente cuál es. Me gradué en Magisterio y me licencié en Filología Hispánica (conseguí licenciarme, parece mentira), pero no he ejercido ni una profesión ni la otra.

    Así que a los 41 años, creo que aquello de aprendiz de todo y maestro de nada me define bastante bien. Por eso mismo me creo también con derecho -con derecho, la vida te da ese derecho, y si no, te lo tomas- a ser aprendiz de escritor.

    Hasta ahora, mi relación más directa con la escritura ha sido a través del periodismo, como columnista del Diari de Tarragona, en donde he dejado afectos y amistades cuya benevolencia hacia mi persona nunca deja de sorprenderme y creo que nunca agradeceré bastante. Dejé de escribir allí por puro orgullo profesional: un día descubrí que ya sólo escribía de mi propio ombligo. Y ante el convencimiento de que las únicas personas en el mundo que tendrían cosas interesantes que decir sobre su propio ombligo -y que, encima, no escriben- son personas como Claudia Schieffer o Nicole Kidman, poseedoras de unos ombligos hermosísimos, decidí dejarlo.

    Tras esa renuncia, volví a mi verdadera vocación, algo en lo que sí me considero un verdadero especialista: estarme quieto en los sitios sin molestar a nadie. Esa es mi especialidad. El problema de esta especialidad es que no solo no da dinero, sino que me ha impedido convertirme en un trepa -que es lo que en realidad me hubiera gustado ser: un trepa-. Pero en compensación me ha dado formidables momentos de gozo --de gozo interior, claro-- y un sentido del humor también muy propio que demuestro con frecuencia riéndome solo, por la calle.

    Por lo demás, me considero el más vulgar de los mortales. Hasta estoy casado y tengo un hijo (ahora dos) que es (son) el (los) niño(s) más guapo(s) y más inteligente(s) del mundo. Mi única religión es mi familia y no creo que se me conozcan vicios demasiado impresentables.

    En cuanto al porqué de este libro, quiero decirles que el libro nace de mi propósito de escribir, de querer contar historias, o quizá sólo de querer demostrar que sé contar historias. Se me antoja que para pretender ser escritor hace falta, entre otras cosas, un buen punto de locura, otro de vanidad y otro de inconformismo, además de un autoengaño optimista a toda prueba. En este país se publican al año unos cincuenta mil libros diferentes. Ignoro qué tanto por ciento corresponderá a libros de narrativa y qué tanto por ciento será de gente desconocida que, como yo, quieran asomar la cabeza entre la multitud con la esperanza de que, con todo y lo bajitos, alguien se fije. Pero, bueno. Para un falso tímido como yo, escribir no es más que uno de los recursos de que se disponen para llamar un poco la atención.

    El oficio de la escritura lo veo como una gran maratón en solitario que comienzas a ciegas sin saber muy bien por qué, ni a dónde vas a parar y en la que estás dudando todo el tiempo de si vas por el camino correcto. De vez en cuando, ves gente que te adelanta en coche por la derecha sin ninguna consideración y otros que se te cruzan en diagonal sin apenas verte. Pero el desconcierto de verdad viene cuando ves venir a alguien corriendo justo en dirección contraria. Esto no ocasionaría mucha perturbación, si no fuera por la sonrisita de superioridad que se les escapa al cruzarse contigo.

    Lo más parecido al hecho de escribir que he encontrado es el chiste ese del hombre que cada día pintaba menos tramo de autopista porque cada vez tenía más lejos el bote de pintura. Eso es escribir. No sólo tienes que seguir yendo cada día a donde has dejado el bote de pintura, sino que tienes que ir repasando las mismas líneas del día anterior. Porque ocurre que al día siguiente siempre las encuentras desdibujadas o a cada una mirando para un lado distinto. Eso es escribir, al menos en mi caso.

    Pero, y ya voy a acabar, por favor, no se me vayan, o en todo caso dejen salir primero a las mujeres y los niños, no se piensen ustedes que, cuando escribo sufro mucho. Tampoco es que me lo pase tan bien como alguna gente deduce después, cuando encuentra cierto desenfado en mis escritos. Les confieso una cosa: a mi no me gusta escribir. A mí lo que me gusta es sentarme en una terraza de la Rambla a beber una cerveza y ver pasar a la gente. Eso es lo que me gusta. Lo que pasa es que eso, si lo haces muy a menudo, te deja un poco en evidencia delante de los amigos. Siempre quedas mejor si dices que escribes. Pareces algo y todo. Y si consigues poner cara de inteligente, entonces ya es demasiado.

    Así que escribo para justificar no sé muy bien el qué. Es ya un tópico apoyarse en la frase de García Márquez, cuando dijo que uno escribía para que los demás lo quisieran. Pues, sí. Yo estoy de acuerdo. Escribo para que me quieran. Antes de ponerme en serio, sospechaba y temía que la escritura fuera un camino sin retorno, y es un camino sin retorno, una maratón que nunca se acaba. Ese era mi miedo y esta quizá es ahora mi —llamémosla así— condena. Por eso, aparte de darles las gracias a todos ustedes por haber venido, sólo me queda manifestarles mi propósito de seguir escribiendo. Pero, eso sí, con la condición de que me quieran mucho. Gracias."


    OBRAS PUBLICADAS (“Para llamar un poco la atención”)

    Detrás de un buen escritor suele haber un buen lector y Gustavo Hernández no es la excepción. En su obra reconoce el poso que han dejado otros buenos escritores que se han convertido en sus puntos de referencia: “En cada época de tu vida las lecturas te influyen de diferente manera. Como curiosidad, puedo señalar “Camins de França”, de Joan Puig i Ferreter, como un libro que me animó a convertirme en escritor. Sin embargo, son libros como “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo, “Cien años de soledad”, de García Marquez o “El túnel”, de Sábato, los que te producen verdaderas sacudidas. Como influencia negativa, podría señalar “Ulysses”, de James Joyce. Creo que cuando lo leí no estaba preparado para ese tipo de literatura y me influyó muy negativamente, porque, luego, en mis escritos quise empezar la casa por el tejado. En cambio, un libro que me marcó de forma muy positiva fue “La saga/fuga de JB”, de Torrente Ballester. Cuando lo leí, pensé: Vaya, así que todo esto se puede hacer en narrativa. Es un libro magnífico. Y, por supuesto, Cervantes. Cervantes es mi gran referente como narrador”.

    Portada Inventario“Inventario en domingo” (1987) es su primer libro. En él Gustavo Hernández ya anticipa lo que será su estilo personal: un manejo de la lengua directo, al grano, aunque con detalles precisos que añaden ese matiz como de humor negro, irónico, cercano al sarcasmo, aunque no exento de ternura. El libro contiene diez relatos breves. El propio autor habla así de este libro, para aclararnos algunas de sus claves narrativas: "El primero de mis libros es “Inventario en domingo” (1997), un conjunto de diez relatos con el que me estrené como narrador. Hasta entonces, aparte de dos relatos cortos en la revista universitaria Etcétera, sólo había publicado columnas y artículos periodísticos. Lo curioso es que “Inventario en domingo” no fue concebido como libro de relatos, sino que surgió de una novela que estaba escribiendo. Yo pretendía que cada capítulo de esa novela -mi primera novela- tuviera una entidad propia, y me encontré con que cinco capítulos de esa novela se podían leer como relatos sueltos. Así surgieron Fibras de cristal molido, Al borde de la caldera e Inventario en domingo, tres relatos que nos hablan de las relaciones, envidias y traiciones que se producen en el mundo laboral, con protagonistas que se ven abocados a desempeñar funciones para las cuales no tienen ninguna aptitud. Los otros dos relatos “robados” a la novela fueron Y el loco sin decir ni mú y Los duchan con agua fría, que se refieren a ese límite tan delgado que junta y separa el mundo de la lucidez y el de la locura."

    Gracias a “Inventario en domingo”, Gustavo Hernández adquirió ciertas destrezas narrativas y empezó a darse cuenta de alguna evidencias a las que, hasta entonces, quizá no había prestado atención y que lo hicieron crecer como escritor. Así, él mismo asegura: “Desde el punto de vista de mi aprendizaje como escritor, “Inventario en domingo” supuso un encuentro con todas las dificultades y con algunas de las satisfacciones que depara este oficio a quien se atreve con él. Una de estas últimas fue comprobar que era verdad que los personajes podían adquirir “vida propia” y tomar caminos que tienen que ver más con la coherencia interna del relato que con la voluntad del escritor.”

    En “Los días del tragaluz” (2003), el autor reunió cien columnas periodísticas publicadas en el Diari de Tarragona a principios de los años 80. Acudimos una vez más al autor quien nos clarifica el contenido del libro: “El libro Los días del tragaluz, editado en el 2003, recoge cien de las más de trescientas columnas de opinión que publiqué en el Diari de Tarragona durante los primeros años de la década de los Ochenta del siglo pasado. Son escritos de temática muy variada, en los que me refería, por ejemplo, al bautizo de los “gegants” de la calle Mercería o al coctel de las fiestas de Sant Roc, a la novedad que constituían los cajeros automáticos -implantados en aquella época-, al rifirrafe de los políticos -Felipe González y Manuel Fraga- sobre la entrada de España en la OTAN, o a Baby Fae, una niña a la que le implantaron el corazón de un mandril y a la que no pude evitar el chiste fácil de llamarla “la chica más mona del mundo”. También desfilan por las páginas de Los días del tragaluz vendedores ambulantes, políticos locales, escritores -Rulfo, García Márquez, Torrente Ballester-, el presidente Reagan y la princesa Carolina de Mónaco, por entonces la reina indiscutible de corazones en Europa y el mundo.”

    “Sobre este libro -añade Gustavo-, me gustaría pensar que es una especie de diario personal y colectivo en el que muchos lectores se pueden reconocer. En el prólogo, escribí, y lo sigo pensando, que enfrentarse a este tipo de textos produce la misma sensación que la de repasar fotos antiguas: esos de ahí somos nosotros, sólo que más jóvenes y vestidos de forma ridícula.”

    Portada codigo barras“Código de barras” (2004) es la primera novela publicada por el autor. En ella, José Ignacio Parra, un joven cajero de supermercado, intentará por todos los medios impresionar a la mujer que ama. La novela está llena de contrastes, puesto que parece leerse en clave de humor y, sin embargo, encierra toda una parábola de la vida, llena de frustraciones y renuncias. Acudimos de nuevo al autor quien nos presenta su propia obra: “Sobre mi primera novela -“Código de barras”- debo decir que nació de dos obsesiones: la primera de ellas fue mi propia obsesión por escribir una novela. Yo necesitaba demostrarme a mí mismo y “al mundo” -la esposa y dos o tres amigos- que era capaz de escribir una novela. Y para cumplir esa obsesión eché mano de un protagonista que a su vez tiene otra obsesión: la de impresionar a la chica que ama. José Ignacio Parra es un joven desempleado que, por un golpe de suerte, entra a trabajar como mozo de almacén a un supermercado que aún está por inaugurar. Una vez allí, otro golpe de suerte lo convierte en cajero, el sitio más envidiado por el resto de sus compañeros. Sin embargo, sus penas comienzan cuando se enamora perdidamente de una compañera de trabajo que no le corresponde. Para llamar la atención de la chica, él proyecta un extravagante plan para robar la recaudación del supermercado. Se trata de un planteamiento muy sencillo en apariencia, que me permitió desarrollar toda una serie de personajes, de situaciones y de relaciones que se producen en cualquier ambiente laboral y que son perfectamente reconocibles por el lector”. La novela –como él mismo apostilla- es una tragicomedia porque “ante los conflictos que planteaba, me llegué a preguntar: ¿Hay algo más trágico o más cómico que el amor?”

    Portada culebron.es“Culebron.es Relatos para gozar” (2006) es, hasta la fecha, su último libro, un libro sugestivo y lleno de historias puesto que se trata de un conjunto amplio de relatos breves, de microrrelatos. En cada uno de ellos, de manera breve y certera, Gustavo Hernández condesa una historia llena de fuerza que nos sitúa ante nuestras propias miserias o ante las paradojas de la existencia. El libro se divide en cuatro grandes bloques:

    -Persiguiendo a Price (cabe decir que el apellido Price es un talismán para el autor, muchos de los personajes que se pasean por las páginas del libro y protagonizan pequeños momentos estelares o mediocres o dramáticos o irónicos llevan el apellido Price, que es, por así decirlo, el que escoge el autor para personificar decenas de vidas ajenas que tal vez podrían haber sido las nuestras...)
    -Las vidas (en torno a distintas peripecias existenciales que siguen teniendo como eje a la familia Price y a todos sus parientes, aunque se cuelan otras vidas como la un “alter ego” del autor quien, en primera persona, también protagoniza algún relato)
    -Los trabajos (son textos ácidos y chocantes que hablan de las ocupaciones y, sobre todo, de los parados, de lo difícil que es ubicarse en esta sociedad).

    -Los amores (se centra en aspectos sentimentales, en amores que pudieron haber sido y no fueron, en intuiciones, en destellos de alguna historia de amor que nunca llegó a realizarse).

    -Los adioses (cierra el libro este bloque con relatos que hablan de la muerte y de cómo llega y cómo interfiere en las vidas. La mirada de Gustavo es siempre irónica, distante e irreverente).

    De nuevo acudimos al escritor para que, con sus palabras nos aclare un poco qué ha querido plasmar en “Culebron.es” y esto es lo que nos dice: “El último de los libros que he publicado es “Culebron.es”, un conjunto de relatos cortos que previamente fueron publicados en la edición dominical del Diari de Tarragona. En este sentido, hay un paralelismo con “Los días del tragaluz”, salvo que éste último está compuesto por columnas de opinión y en cambio “Culebron.es” son relatos en el sentido estricto de la palabra.

    Los “Culebron.es” nacieron a raíz de una petición del director del Diari de Tarragona, que quería que yo volviera a escribir columnas de opinión al estilo de “Los días del tragaluz”. Sin embargo, yo me planteé el reto de utilizar ese espacio para llenarlo con “creación” pura y dura. Motivado por los autores de microrrelatos —el referente obligado es Monterroso, que tiene un relato de una línea—, yo pensé que tendría que ser capaz de escribir un relato entero en las treinta líneas de texto que me cabían en una columna.

    Además, ese relato, a la manera clásica, tendría que tener planteamiento, nudo y desenlace. Se trataba, en términos coloquiales, de una cabezonada por mi parte. Pero, ahora, que ya llevo más de doscientos relatos publicados en el periódico y que 106 de esos relatos ya se han publicado en forma de libro, sé que se trató de una cabezonada feliz.”

    “¿Por qué el nombre de Culebron.es? –sigue diciéndonos el autor-. Pues porque en aquella época estaba de moda en España un culebrón televisivo colombiano, Betty la fea, al que dediqué mi primer escrito. Quise parodiar los nombres compuestos de los protagonistas de los culebrones hispanoamericanos —María Emilia, Eugenia Cristina, Facundo José—, así como las enrevesadas situaciones que éstos planteaban. A la vez, se producía un contraste entre los interminables culebrones hispanoamericanos y mis brevísimos relatos.

    Además de ser un ejercicio de estilo, los Culebron.es me permitían una total libertad de creación, pues quise tratar temas universales y totalmente intemporales. Así, en un culebrón puedo desarrollar, por ejemplo, desde el descubrimiento del fuego, o el Big Bang, hasta una acción situada en el año 3000. Sin embargo, precisamente por este carácter abierto y universal, en los Culebron.es aparecen personajes como el carnicero, la panadera o la viejecita que detiene a un transeúnte para preguntarle en dónde tiene que vacunar a su gata.

    Los culebrones tratan de la vida en general, del amor, del trabajo, de la muerte… Una de sus características es que, en numerosas ocasiones, sus protagonistas se apellidan Price. De esta manera establezco un doble juego: por una parte, los personajes tienen un nombre compuesto castellano y un apellido inglés. Encontramos, pues, personajes como María Visitación Price, Jorge Edelmiro Price, Nuncia Fernanda Price, etc. Esto es un guiño a la costumbre hispanoamericana de poner nombres de procedencia extranjera a los niños y que da combinaciones tan chuscas como John Iván López, Vanessa Tatiana Gutiérrez, Frank William Pérez… Por otra, el hecho de que aparezcan personajes con el mismo apellido ha dado lugar a la aparición de una zaga familiar. Todos los Price tienen algún punto de extravagancia que los identifica, un cierto aire de familia que los convierte en seres un tanto extraños y un tanto extrañados respecto al mundo que los rodea.”


    LA PERPLEJIDAD (“... pensando en la vida, simplemente”).

    Los relatos de Gustavo Hernández son de una limpieza singular. Se inician de repente, de la nada al todo y nos sitúan en una peripecia, en un momento, en un episodio o ante un problema o un defecto o cualquier situación y, en poco más de una página, se desgrana el relato, sin diálogo, con una prosa larga, llena de matices y sugerencias.

    Una de las características de estilo de Gustavo Hernández son los finales asombrosos que dejan al lector con la boca abierta o con un palmo de narices, como se quiera, pero con la sorpresa y la perplejidad asomándose a sus ojos porque, cuando uno espera que el relato nos lleve a un sitio, va el narrador –y como un prestidigitador de la pluma- nos descoloca y nos deja fascinados y hasta asustados de ese sesgo final. Veamos algún ejemplo de “Culebron.es”:

    En “La gata” cuando pensamos que el personaje que cuenta la historia va a descubrir que acabó diciéndole a la pobre Dolo que su gata no existía, que era un invento de su soledad, va y le dice: “Todavía no le toca la vacuna. Pero no crean que lo hice por servirle la corriente a Dolo. Lo hice por mí. Me había encariñado con la gata”.

    En “El Fofo Torres”, el narrador acaba un encuentro con un viejo compañero al que no saluda diciendo: “Terminé de limpiar, me subí a mi viejo y deteriorado Ford Fiesta, y dejé atrás al Fofo Torres, que siguió sacándole brillo a su mierda de Mercedes”.

    En “Dos hombres” uno de los personajes no aguanta más las ínfulas de un viejo compañero al que la vida le sonríe y “Lo arrastré, y a empujones lo tiré por el acantilado”.


    NARRADOR (“... no sé por qué lo hice”)

    La persona narrativa habitual es la tercera, que emplea en su novela “Código de barras”, pero también aparece la primera y, cuando lo hace, el personaje nos habla directamente, de algo que le sucedió en el pasado, pero con elementos del presente, en otra característica del estilo del autor. El personaje que emplea el “yo” se nos presenta en un momento, con toda su complejidad y con toda su carga personal. En “El puntual” así leemos: “Puedo soportar cualquier cosa, menos la impuntualidad” . Y ese rasgo de carácter que, inicialmente es bueno, se convierte en lo peor porque, por su culpa, al llegar tarde a una oposición, dice el personaje: “No se crean que acostumbro a llegar tarde a los sitios... En realidad es que me saca de quicio, me pone frenético... Estoy tan furioso por llegar tarde que... ¿Saben que les digo? ¡Que se pueden ir todos ustedes a la mierda!. Y me fui”.

    Otras veces ese yo es un observador de la realidad que constata lo bien que está él, frente a los problemas de los otros: “... era tanta la debilidad de aquel anciano y era tanta la indefensión de aquel adolescente que yo sentí vergüenza de mi edad, de mi salud, de mis pequeñas y mezquinas preocupaciones, de mis ridículos deseos y de mis vanas pretensiones...” (“Los magníficos”).

    En “El extranjero” ese yo viene a ser el propio narrador quien se encuentra contemplando a su hijo como si fuera un “extranjero” y espera a que su mujer lo devuelva a la realidad. No es infrecuente que aluda a su hijo en los “Culebron.es”.

    En “Quijocop” un profesor, en su primera clase, aparece vestido de “Quijote” para impactar porque su método consiste en “atrevimiento, sorpresa, motivación”... y lo único que logra es ¡que lo confundan con Robocop!.


    IRONÍA (“... no hay que negarles su sentido del humor”)

    La ironía y el humor es un rasgo que está presente en toda la producción de Gustavo Hernández, así que no hay que ir muy lejos para descubrirla. En “La memoria” se trata de un problema de pérdida de memoria que va mucho más lejos puesto que el personaje invita a otro y, casualmente, se olvida de la cartera. 

    En “El metódico” un hombre pretende hacer tres buenas acciones al día y ni una más. Así deja de hacer otra buena acción porque “un hombre metódico como yo tiene que seguir sus propósitos a rajatabla”.

    En “Esa palabra” nos presenta a alguien que se pasó una temporada sin hablar: “Estuve seis meses enteros sin hablar” y, cuando esperamos que nos explique el porqué, descubrimos que se trata de un bebé quien va a pronunciar su primera palabra: “Angú”.

    En “El bromista" se critica ciertos programas televisivos, pero se va más allá ya que en el curso universitario al que acude Acacio, “Saber vivir, saber morir”) se dan enseñanzas para aceptar el último momento de la vida, pues bien, Acacio decide, al final del curso, morirse para demostrar lo que sabe hacer y lo que ha aprendido.

    El sarcasmo es otro de los ingredientes que maneja muy bien Gustavo Hernández. En “Toto Price”, por ejemplo, nos dice: “Leía el pensamiento, sí, pero los hombres ya habían perdido la facultad de pensar”. Y se refiere... a una máquina que lee el pensamiento, por supuesto.


    LAS MUJERES (“...por meterme en donde no debía”)

    Hasta la fecha, los personajes principales, por así decirlo, no son las mujeres, sino los hombres. No obstante, la mujer es la desencadenante de muchas historias y el contrapunto lúcido a otras. Donde el hombre pone palabrería sin más, la mujer pronuncia una sola palabra mucho más efectiva. Gustavo Hernández nos habla de mujeres fuertes y atrevidas, que marchan a buen paso y que entran de lleno en las situaciones.

    “Dos mujeres” presenta un diálogo absurdo entre dos mujeres, una que no para de hablar quejarse y la otra que acaba sentenciando, puesto que, ha permanecido callada , sin embargo, es quien lleva la peor parte, puesto que padece “cáncer de colon” y, no obstante, disfruta cuando deja fuera de juego a la otra mujer, tan pesada y se fue, con una extraña sonrisa dibujada en la cara”.

    En “La caída”, hay otra mujer que lleva las riendas, aunque el hombre se escuda en ella; pero en “San Valentín” llegamos al colmo. Un marido nunca recuerda esa fecha emblemática –que coincide con el aniversario de boda- y el día que lo recuerda es para empeorar las cosas puesto que, haciendo gala de ninguna sensibilidad, le lleva su esposa un pollo envuelto en papel regalo y, claro, “Ese fue el último San Valentín que Dorita yo pasamos juntos”. En “Quince años” otra mujer, el día que celebran esos 15 años de casados, descubre que su marido la engaña, pero no dice nada, sino que “sonrió en la oscuridad. Había tomado la determinación de serle infiel”.

    En “Código de barras”, las mujeres son también las que llevan las de ganar y dejan en evidencia a los hombres, más primitivos y patanes. No les falta la ironía tampoco a esas mujeres como cuando José Ignacio, el protagonista, piensa que está al punto de hacer una conquista y: “¿Cómo era posible que, en el preciso instante en que él estaba a punto a mostrar alguna habilidad, a la mujer de su vida le entraran ganas de ir a hacer pis?”.


    DESCRIPCIONES FÍSICAS (“...el gordo del bigote”)

    Gustavo Hernández no hace grandes descripciones psicológicas de sus personajes, ya que pretende ir a un momento, a algo esencial que rompe con la usual y con lo cotidiano o que, quizá, siendo cotidiano, nos plantea las cosas de otra manera. De ahí que describa a sus criaturas de una manera muy efectiva, a grandes trazos con los rasgos más importantes y siempre físicamente: “Todo él era bajito, casi minúsculo, y al sonreír, porque se acercó sonriéndome, enseñaba unos dientes diminutos y separados y achinaba los ojos” (“El extranjero”.

    En “Código de barras” también acude a estas descripciones certeras y rápidas: “Marianito era bajo de estatura y estaba ya un poco calvo para su edad, pero tenía una mata de pelo en el pecho y unas manos increíbles, de trabajador del campo”.

    Gustavo Hernández pretende centrar el personaje, darle una mínima identidad y ya lo deja para que el lector siga su peripecia, que suele ser breve, pero lo suficiente clara como para saber algo más de su carácter y pensamiento.


    OTROS TEMAS RECURRENTES (“...no puedo hacer nada por ti, Señor”)

    Gustavo Hernández se dirige siempre al lector, o bien lo hace de manera indirecta o bien, como un juglar, apelando al “ustedes”. Este escritor muestra una comprensión y una paciencia sin límites hacia las debilidades humanas que observa con singular certeza. Hay también alusiones a mitos, a leyendas, a cuentos de la cultura común que él desbarata o rescribe. A menudo demuestra conocer bien los instintos y defectos de las personas y habla de la envidia y de la hipocresía y de las inevitables comparaciones que a veces hacemos, sobre todo, cuando somos pequeños. Muchos de sus personajes adultos arrastran algún trauma de juventud que no ha quedado solucionado y que amarga, sin ellos saberlo, sus vidas.

    En “Código de barras” maneja el diálogo con frecuencia, pero que a veces no sirve para comunicar, sin sólo para constatar que los personajes hablan entre ellos. Son personajes solitarios que arrastran su carrito de miserias.

    En “Culebron.es” no hay diálogos, pero sí pensamientos profundos como en “Las vidas” donde nos habla de los sueños de todos e, incluso, del soñador de vidas ajenas: “Porque nosotros no sólo somos lo que creemos ser sino también lo que soñamos –los sueños que vamos perdiendo por el camino-. Y eso es lo que sorprende y lo que consuela al hombre que sueña vidas ajenas: que todos soñamos con ser distintos de lo que somos”. En “Código de barras” también alude a este motivo del sueño porque, dice, “La vida es dura, pero los sueños, a veces son peores”. Es más, hay mucho pesimismo, revestido de ironía en las páginas de esta novela. Los personajes son como prototipos que se mueven sin ningún motivo claro, como por inercia, tanto es así que José Ignacio, el protagonista que ha llegado del pueblo, se ha inventado una identidad falsa y todo por conseguir un amor llega a la conclusión de que: “La vida era una mierda. Y si la vida era una mierda, había que pegar un salto antes de ir a parar del todo a las alcantarillas”.

    Habla también de la religión, de los nuevos iconos, de los falsos mitos y se muestra decepcionado cuando dice, en “El ciberdiós”: “...pues nunca los dioses han respondido a las plegarias de los hombres”. En “El santón” leemos: “No conocía una tragedia mayor que la suya. Había tenido muchos nombres, y todos ellos habían sido utilizados para sembrar la discordia y las guerras entre los hombres. Jehová, Yahvé, Alá, Altísimo...”

    En “La ficción” se mete de lleno en el origen de la literatura y lo hace desde un punto de vista ácido e, irónico, como no podía ser de otra manera: “... en el principio, no fue el verbo sino la cobardía, gracias a aquel gran cobarde han comido, mal o bien, todos los grandes narradores de la Historia de la Literatura”.

    En “Dos tipos” el sarcasmo llega al grado máximo cuando enfrenta a Papa Noel, al que llama “el tipo del gorro rojo”, con Jesús, al que llama “el de la túnica blanca”.

    En “Filetes”, nuestro escritor, escribe una especie de metarrelato en el que nos cuenta cómo se pueden narrar las historias: “Las historias, como los filetes, se pueden comenzar por el principio, por el final o por el medio”.

    Los escenarios son diversos en la obra de Gustavo Hernández, llama la atención una ciudad de nombre ficticio que es Tarcuna, tras la que se esconde, Tarragona, la ciudad en donde actualmente vive el autor.

    También se muestra crítico y corrosivo ante las contrariedades de nuestra sociedad y se ríe del “quiero y no puedo”, de la hipocresía, de los falsos modelos. Alude de manera directa, muchas veces, al problema del paro y a sus contrariedades en una sociedad aparentemente opulenta. Tampoco soslaya la inmigración, pero desde un punto de vista singular. y habla, en “Yusuf” de un marroquí que, en realidad, no quiere venir a España porque: “Ni siquiera había querido nunca viajar a España, un país en el que a un islote que tenía el hermoso nombre de Leila lo llaman Perejil”.

    Otras cuestiones como el paso del tiempo o la muerte tampoco son ajenas a Gustavo Hernández quien suele, otra vez, acudir a la ironía que es, de alguna manera, la máscara lúcida que él se pone para tratar los temas muy serios y trascendentales.


    FINAL (“... un espejo de la vida”)

    En suma, aunque nos hemos centrado, básicamente, en dos de las obras de Gustavo Hernández, en “Código de barras” y en “Culebron.es”, las características que, tan rápidamente, hemos ido analizando se pueden observar en el resto de su producción que vale la pena leer muy despacio porque hay todo un universo concentrado en sus palabras, una parábola de nuestra sociedad llena de verdad, aunque parece que vaya de broma, pero es otra de las características de este autor: decir las grandes verdades como si no lo fueran. Ahí está una de las claves para entenderlo: la tragicomedia. Gustavo Hernández se toma la vida como lo hacen los grandes humoristas: muy en serio, por eso acude al sarcasmo, al humor negro, a la ironía, a las bromas y a las medias verdades.

    Cuando se le pregunta si pretende transmitir valores con su literatura nos dice: "Algunos de mis textos transmiten dudas. Quiero pensar que son como un espejo de la vida. Un espejo que puede ser opaco, o estar distorsionado -por el humor, por ejemplo-, o estar ya viejo por el uso -porque contiene tópicos-, o estar roto en varios pedazos y dar imágenes fragmentadas. Pero es un espejo en el que, si queremos, siempre reconocemos algo de nosotros mismos. Y sí: si queremos, encontramos valores. Pero son valores que cada uno lleva dentro. Por otra parte, hay muchos de mis relatos que, simplemente, tienen una finalidad lúdica. La moraleja se la pone cada uno.”


    BIBLIOGRAFÍA

    -“Inventario en Domingo”, Barcelona, Ediciones del Bronce, 1994.
    -“Los días del Tragaluz”, Tarragona, Trujal, 2003.
    -“Código de Barras”, Tarragona, Arola, 2004.
    -“Culebron.es”, Tarragona, Arola, 2006.
    NOTA: todas las declaraciones del autor son inéditas, excepto el texto del 17 de abril, y han sido facilitadas por él mismo para la realización de este estudio.





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