Plumas selectas
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TEXTOS 1
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ME SAQUE UN NO-PREMIO
Así, yo, leer y escribir: leer libros, escribir para publicar libros, una furia que creció con los años. Tan pronto tenía diez líneas, corría a las redacciones de los suplementos literarios. Escribía doscientas cuartillas y corría a las
editoriales. ¿Alguna vez me publicaron? Sí, pero no justificaba el gasto de energía, para nada. Me daba también por participar en las justas literarias donde invariablemente me sacaba un no-premio. Concurso del caldo, iba yo con mi
cuchara. Certamen convocado por el honorable ayuntamiento de la villa de los Dos Soles con el auspicio de la orden de los Cuatro Caballeros Negros, en España; para allá despachaba trágica novela o poemas de la indiferencia...
Invariablemente engordaba mi curriculum negativo.
Y como último acto, si se trataba de un concurso celebrado en la capital mexicana, recoger los ejemplares de la obra no premiada. Nada más traumático, ir por el cadáver; ni modo, cómo dejar las obras maestras tiradas por ahí... a ver si
algún aprovechado me plagiaba. Recuerdo una de esas experiencias. Y bien, nuevamente el jurado por unanimidad había resuelto no otorgarme el premio, sí, a mí y a otros noventa y cuatro participantes. Poco más o menos así lo expresé a la
dama que amablemente me atendió en la editorial convocante. Yo era un no-premiado intentando dar muestras de no-depresión.
- Lo felicito por su optimismo -comentó la dama.
¿Quiso decir buen ánimo? Poco importaba . Un rato antes, contactada telefónicamente para acordar la cita, me había declarado:
- Tal vez le pida me dé una manita porque las obras están sin ordenar y como todas han sido leídas...
El comentario me sobresaltó; estaba fuera de contexto, información no solicitada y además obvia: no se supone que pueda haber fallo sin lectura previa de las obras. Excusatio non petita, accusatio manifesta... para salir de dudas corrí a
mi biblioteca, el Manual freudiano para preescolares traía la respuesta precisa: “Si una persona de sexo femenino se justifica sin haber sido requerida y se encuentra a primera hora de la mañana con los tubos puestos para ondular el
cabello, entonces hay gato encerrado”.
¡Mi telefonema había sido a primera hora de la mañana! Pero ¿cómo la dama iba a estar con los tubos puestos en el lugar de trabajo? En fin, ya en la editorial, ella, siempre amable, me condujo a la “sala de lectura” donde mis ejemplares
yacían por el suelo junto a los demás no-premiados. Yo -me lo había anunciado- debía darle una manita y encontrarlos... gateando di con ellos.
Volvimos al escritorio de la dama para formalizar la devolución. Ya mis ejemplares en el portafolio, estaba despidiéndome y ella diciéndome le agradecemos su participación cuando me pareció que apresuradamente guardaba un frasquito en un
cajón, claro, el líquido corrector... ¿o el esmalte de uñas? Y mi curiosidad me llevó más lejos, un rápido ojo echado dentro de ese cajón... ¿alcancé a ver tubos, muchos tubos para el cabello?
El golpe final me lo dio una revisión de los ejemplares recuperados, enteramente vírgenes. Poderes del más allá, extrasensoriales, habían logrado que los jurados del concurso los leyeran sin abrir sus páginas, sin tocarlos siquiera. Y ese
milagro me conmovió al punto de escribir estas líneas.
- No -corrige mi hija menor-: de ardido que quedaste.
A LA BÚSQUEDA DEL LIGUE PERDIDO
I
En el tren, ella está sentada frente a mí, ignorándome. Mi táctica: hacerme pasar por el autor del libro que está leyendo, titulado Otelo, el moro de Venecia.
- ¡Yo soy William Shakespeare!
- ¿...?
- El autor del libro que estás leyendo.
Mirada de reojo a la cubierta.
- ¡Ah, sí! Oye, tú, William Shakespeare, podrías escribir un poco menos aburrido...
No hubo final feliz.
II
En el tren, ella está sentada frente a mí, ignorándome. Mi táctica: hacerme pasar por el autor del libro que está leyendo, titulado Hamlet, el príncipe de Dinamarca.
- ¡Yo soy William Shakespeare!
- ¿Ah, sí? Identifícate.
- Pero...
- Una credencial cualquiera, tarjeta de crédito, licencia de conducir...
- Pero...
- Entonces, te pido un favor: ¿me dejas de molestar...?
No hubo final feliz.
III
En el tren, ella está sentada frente a mí, ignorándome. Mi táctica: hacerme pasar por el autor del libro que está leyendo, titulado Macbeth o el destino.
- ¡Yo soy William Shakespeare!
Ella levanta la vista del libro, lo cierra dejando un dedo como señalador, luego una mirada a la cubierta y vuelta a mí.
- No te creo, no traes candado, traes barbota.
No hubo final feliz.
IV
En el tren, ella está sentada frente a mí, ignorándome. Mi táctica: hacerme pasar por el autor del libro que está leyendo, titulado Romeo y Julieta, los amantes de Verona.
- ¡Yo soy William Shakespeare!
- ¿Ah, sí? Tú eres William Shakespeare. Y yo soy Sor Juana Inés de la Cruz.
No hubo final feliz.
ADIÓS, MI AMOR, O CÓMO CORTAR A SU PAREJA
Usted, el varón, naturalmente, quiere cortar a su pareja y no sabe cómo. Aquí le presentamos varias ideas para que elija según sus gustos y pareceres. Naturalmente, se descartan algunas opciones muy radicales como el veneno.
1. Método del shock
Usted regresa a casa a comer, diario lo hace, pero esta vez, en lugar de sentarse a la mesa, pasa a la recámara y empaca. Finalmente, cuando la sopa está ya fría, aparece en el comedor con una valija en cada mano y anuncia:
- Lo siento, mi reina, tu amiga Carmelita y yo nos hemos enamorado perdidamente, me voy. Nunca te olvidaré, cariño mío, cualquier cosa te entiendes con mi abogado.
Una recomendación. Salga lo más rápido posible.
2. Método del rollo teórico
Invite a su pareja a cenar a un buen restaurante, no se fije en gastos. Y entre platillo y platillo, sin olvidar de regarlos con buen vino, aborde el tema:
- Mi amor, es triste reconocerlo, el romanticismo se acabó, todo ha cambiado, la política, la sociedad, las costumbres, todo, fíjate nomás la informática, el psicoanálisis, te estarás preguntando qué tiene que ver, mucho, vivimos en la
aldea global, fíjate nomás el Internet, y todo, la familia no es lo que era antes, la pareja no es lo que era antes, todo ha cambiado, claro, me sigues cayendo bien, pero tampoco yo soy el mismo...
Una recomendación. Como ambos se encuentran en lugar público, quizá no le ponga el plato de sombrero, pero no se fíe.
3. Método indirecto
Usted, confiéselo, no se atreve a abordar el tema de frente. ¿Qué hacer? Muy sencillo, comportarse como si el destino lo traicionara haciéndole dejar "involuntariamente" indicios comprometedores. Aquí le proporcionamos una lista, que
desde luego no es excluyente.
La foto de la otra en su billetera; ahora bien, si pasa el tiempo sin que la pareja la detecte en uno de sus periódicos chequeos, a usted "accidentalmente" se le cae la foto delante de ella.
Cita con la otra en un lugar conocido, a la vista de todos.
Aparecen comprobantes de gastos inexplicables, preferentemente de florería.
El clásico rouge en una camisa. Frecuentes llegadas a altas horas de la noche, explicaciones confusas. Usted mismo envía anónimos a su pareja con el cuento.
Finalmente, ocurre el efecto buscado, viene el interrogatorio, indicios a la vista. Es un momento peligroso, trate de que no se le escape algo así:
- Ja, ja, te gané de mano, la cornuda eres tú, lero, lero.
Y más bien muéstrese acongojado, lleno de pena, retorciéndose las manos, balbuceando:
- Te lo puedo explicar...
Una recomendación. Por si las moscas, cúbrase.
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